jueves, 21 de junio de 2007

Sonetos de Borges

Hoy tengo el día borgiano y transcribo aquí dos poemas de este ciego y melancólico bibliotecario, que refleja en cierto modo ese extraño placer de dejar que la tristeza nos invada. A vueltas siempre con la felicidad, que huye de donde se habla mucho de ella, hay en el segundo una variante que introdujo mi amiga Charo (no sé si inconscientemente) y que le otorga aún mayor sentido. Lo que más me gusta de la poesía de Borges es su contención, su tono racional y la sencillez de las palabras que emplea, que por eso producen mayor emoción.

Y ahora dejemos las simétricas porfías del arte y volvamos a la tierra, el agua, el aire, el fuego al arte difícil de ser feliz.



El remordimiento

He cometido el peor de los pecados
que un hombre puede cometer. No he sido
feliz. Que los glaciares del olvido
me arrastren y me pierdan, despiadados.

Mis padres me engendraron para el juego
arriesgado y hermoso de la vida,
para la tierra, el agua, el aire, el fuego.
Los defraudé. No fui feliz. Cumplida

no fue su joven voluntad. Mi mente
se aplicó a las simétricas porfías
del arte, que entreteje naderías.

Me legaron valor. No fui valiente.
No me abandona. Siempre está a mi lado
La sombra de haber sido un desdichado.

1964. II

Ya no seré feliz. Tal vez no importa.
Hay tantas otras cosas en el mundo;
un instante cualquiera es más profundo
y diverso que el mar. La vida es corta

y aunque las horas son tan largas, una
oscura maravilla nos acecha,
la muerte, ese otro mar, esa otra flecha
que nos libra del sol (ser) y de la luna

y del amor. La dicha que me diste
y me quitaste debe ser borrada;
lo que era todo tiene que ser nada.

Sólo me queda el goce de estar triste,
esa vana costumbre que me inclina
al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina.
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