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jueves, 20 de noviembre de 2008

Zapatillas de clavos

En estos días de vida ajetreada, en medio de algunos recuerdos no muy buenos me ha venido a la memoria uno profundamente estimulante: el recuerdo de la compra de mis primeras zapatillas de clavos.
Trataré de explicarme, siempre me ha gustado el deporte, pero empecé a hacer atletismo un poco mayorcita, después de terminar Románicas y mientras me enfangaba en la famosa vida laboral. Que haya empezado tan mayor no quiere decir que la ilusión fuera menor ni que los medios económicos fueran más; por ejemplo, a pesar de ser una pésima atleta, probé casi todas las pruebas, incluido el pentatlón y me divertí muchísimo aprendiendo a pasar vallas o lanzar disco. En cuanto a los medios económicos, la compra de mis primeras zapatillas de clavos supuso algún tiempo de ahorro y, sobre todo, un estudio logístico profundo del mercado, que realicé con ayuda de FASM, mi amigo fondista, gentleman y cascarrabias, mi "hermano", como algunos decían.
Tras bastantes deliberaciones, una vez elegida la tienda de deportes adecuada, el par elegido fue uno de color turquesa de piel vuelta muy ligera, que una vez que estuvieron en mi poder me hacían sentirme a mi también "la hija del viento", aunque mis marcas de velocidad nunca alcanzaron siquiera la categoría de discretas. Pero igualmente yo me sentía volar, como si las aladas zapatillas redujeran mi peso y aumentaran la fuerza de los músculos de mis piernas. Recordaba el cuento de Andersen de Las zapatillas rojas y era feliz`pensando que dentro de mis zapatillas turquesa estaban las marcas que yo soñaba, igual que las rojas guardaban dentro el don de la danza (otro de mis sueños recurrentes, el baile, la danza, el movimiento con música).
Ya no recuerdo como terminó el idilio de mis zapatillas de clavos, supongo que como todos se iría sumiendo en la rutina de las marcas mediocres, pero aún me parece sentir la alegría de los primeros días al ponérmelas, tras el calentamiento, al comienzo de las series o para competir. Y la alegría recuperada no tiene precio y además me parece mucho más valiosa si pienso que es bastante raro que yo haya podido hacer atletismo, no sé de muchas bibliotecarias que lo hayan hecho.
B., eso tenemos que hacer, cuidar cualquier recuerdo alegre por pequeño que sea, mimarlo y disfrutar de nuevo de él, y también olvidar los malos, para poder seguir viviendo.

domingo, 8 de julio de 2007

Todas las mañanas del mundo

Es domingo y se puede madrugar menos que entre semana, así que a las nueve, cuando Corso y yo salimos a pasear, los caminos están desiertos y el aire tiene una especial calidad de nuevo, es más ligero y transparente y el calor de julio no le ha dado aún esa densidad del mediodía, en que parece que puede tocarse.
Esta mañana me trae a la memoria otras muchas de verano, especialmente de mi infancia y de casa de mis tías en Pedregalejo. Había en la casa, además de un mínimo jardín delantero con cantos rodados (llamados chinos en malagueño) y un pacífico (hibisco rojo), un terreno trasero con algunos frutales y una gran higuera. Allí jugábamos recién levantados, mientras mis tías recogían la casa antes de bajar a la playa, con un columpio colgado de una rama de una árbol y, sobre todo, con nuestra imaginación, que convertía este pequeño espacio en un universo. Recuerdo el sol de la mañana entrando entre las hojas de la higuera y el olor de la tierra recién regada y la felicidad de un día de vacaciones por delante y de una jornada de playa y de sol.

Cierto es que la distancia embellece los recuerdos, pero a lo largo de toda mi vida, siempre el principio del verano ha tenido para mi un carácter vigorizante, algo así como un principio, como una promesa de libertad (algo tiene que ver el fin del periodo escolar, sin duda).

Entre estas mañanas de estreno del mundo me acuerdo de algunas de abril o mayo en las que con mi club de atletismo iba a entrenar a la playa, todavía algo fresca a primera hora de la mañana. Corríamos en la arena y en el agua a la altura de la rodilla, y disfrutábamos de la camaradería y del esfuerzo, con el sol y el mar de fondo. Era como en Carros de fuego, pero unos años antes y en Málaga, que tiene menos glamour académico, pero más calor en mis recuerdos. A pesar del tiempo transcurrido no se borra de mi memoria el olor de esas mañanas, su color ni su belleza.