sábado, 23 de junio de 2007

Bibliotecarios perdidos

Que la de bibliotecarios es una profesión en continua evolución es una verdad archisabida que ha despertado algunas reflexiones más o menos jocosas, ver por ejemplo Babel bibliotecaria. Esto es además útil para diseñar las introducciones a miles de trabajos y cursos profesionales, usando como argumento principal el de que la única cosa estable dentro de nuestro mundo profesional es, y lo será cada vez más a partir de ahora, el cambio permanente. ¡Vaya novedad!, por otra parte: se trata de un hecho que no sólo es cierto en este ámbito, sino en todos los de la civilización actual, independientemente del estatus social y del nivel de desarrollo. Se ha acabado aquel modo de vivir que permitía a las personas una sensación de eternidad y de permanencia, un sentido de inmutabilidad.

Pero los bibliotecarios, como tanta gente que trabaja con información, estamos inmersos en un vértigo continuo de cambios y de asunción de nuevas tecnologías. Crece la información y crece la información generada para gestionar esta información. Cada año aparecen nuevos conceptos, nuevas herramientas tecnológicas que debemos conocer para extraer el mayor partido posible de la información, para conseguir convertir ésta en conocimiento.

Esto, además de la resistencia normal y previsible, ha generado un montón de falsos conversos, que han disfrazado su discurso de encendido amor a las novedades, escondiendo debajo de este un tremendo temor a la verdadera innovación. También crecen como las setas los nostálgicos de un ayer, que no tiene nada de deseable excepto para una mínima parte de privilegiados: está claro que se añoran los privilegios.

Da igual, esto es imparable, porque su motor es la información, que es el oro de los nuevos tiempos.
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