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sábado, 17 de noviembre de 2007

El cielo tan cercano

Yo he nacido cerca del mar, y el mar siempre me ha producido una especie de excitación muy contraria a la vena contemplativa que suele despertar en la mayoría de la gente. Para mi siempre ha sido una llamada a la libertad y al viaje, a pesar del impedimento físico que supone, y siempre me ha provocado una enorme ansía de actividad: nadar, bucear, correr o andar por la orilla, navegar...
He llegado más tarde a las montañas, ha sido ya mayor, en Madrid y cuando estudiaba INEF, cuando he empezado a caminar por el monte y a aprender sus colores, sus olores y sus misterios. Ahora vivo en la montaña (como el abuelo de Heidi) y he aprendido a ver el cielo cercano, casi al alcance de la mano, dibujando las montañas de un modo tan cierto y transparente que te inunda de calma.


La gente que gusta de la montaña es una gente especial, como mi amiga Montse. Desarrollan una sensibilidad especial ante la naturaleza y la vida, de tal modo que sufren si pisamos innecesariamente una planta viva o si agrandamos de más un estrecho camino, acercando demasiado la civilización a un paraje secreto.


Ahora para mi la montaña es el cielo cercano, los olores y los ruidos de una vida diferente, donde vale más comprender y escuchar a la naturaleza que enfrentarse a ella agresivamente. Y es la paz del olor de la jara y el pino y de la chimenea del refugio, donde el frío se detiene a la puerta.

sábado, 9 de junio de 2007

Vengo del monte

Vengo del monte, de un monte pequeño que está cerca de casa. Hace más de un mes que no subía, ahora que ya no vive aquí mi amiga Montse y además tengo tan poco tiempo. He hecho lo que llamábamos la vuelta larga, que se reduce a una hora y cuarto de paseo, con una subida inicial, un recorrido más llano por la ladera y una subida a una pequeña cumbre y luego ya todo es bajada.
Montse y yo discrepábamos en un aspecto básico, ella decía que es mejor que la gente no conozca los caminos porque si pasa por ellos mucha gente, termina haciendo avenidas asfaltadas. Yo siempre he defendido que es necesario socializar la hermosura y enseñar a la gente a cuidar el monte, que no es sólo no tirar papeles ni desechos, sino también no romper innecesariamente jaras ni arbustos, no dejar demasiadas trazas. No sé si Montse me ha convencido un poco, porque hoy el monte estaba como recién estrenado, con las lluvias y esta primavera flagrante, y el camino lleno de telarañas.
Cuando subí el mes pasado, las reinas del monte eran las peonías, con su planta de verde fresco y sus tallos rojos, con grandes flores rosas. También estaba lleno de orquídeas silvestres, pero estas se ven menos, esconden sus flores atigradas azules y violetas.
Hoy era el triunfo sin paliativos de las jaras, de los cantuesos y del tomillo, de tal modo que más que la foto hoy me haría falta poder transmitiros los aromas del monte.
En la cima de la vuelta larga hay unas rocas en las que nuestros perros se dejaban fotografiar y a las que llamo el paraíso de Musgo y ya bajando y escondido entre encinas y enebros hay un alcornoque, que se distingue por su porte más alargado y al que yo siempre toco la corteza en nombre de las personas que ya no están. Ya va siendo una parada un poco larga.