sábado, 4 de agosto de 2007

Rachas

Parece que hemos empezado una racha mala. No solo es que haya mucho trabajo, es que también se trata de trabajo a "cara de perro". No sé porque se usa esa expresión, porque los perros suelen ponernos a los humanos una cara de lo más agradable.
A lo que íbamos: hemos tenido que enfrentarnos a una compañera que hace tiempo que está haciendo las cosas a su manera y que considera que es la única que respeta la más estricta ortodoxia bibliotecaria. Ha sido desagradable y además va a suponer más trabajo y más incomodidad. A eso se le suma la decepción, ya antigua, de una compañera cuya inteligencia y profesionalidad siempre había respetado. Y el temor a que se haya sentido víctima de un linchamiento, que no es tal. También la certeza de que en el asunto intervienen factores externos, pues no es normal su actitud frente a B., a la que no conoce y a la que lleva eludiendo desde de su llegada a la biblioteca.
Eso, y una puerta rota del jardín, más mi costilla dolorosa, de la que se deriva la imposibilidad de ir al gimnasio, aumentan la sensación de malestar.
Pero siempre tendremos las lecturas. He terminado Casi perfecto de Marina Mayoral, que me ha gustado bastante y ha despertado el deseo de leer más obras suyas. Una de las cosas que más me ha sorprendido ha sido su estilo, que es al mismo tiempo fácil e inquietante, recuerda las dos caras de la moneda de las que hablaba Machado respecto al lenguaje.
Estoy leyendo ahora No digas noche, de Amos Oz y en este caso también lo primero que destaca es su estilo narrativo, lleno de descripciones detalladas y minuciosas. Trata de un modo muy real la relación de una pareja, su tira y afloja entre la autonomía y la dependencia. Me está gustando bastante, aunque como siempre lamento no poderlo leer todo sin traducir, en la lengua original; en este caso sería difícil, porque se escribió en hebreo.
Una historia de un chimpancé adoptado por una familia en África y luego abandonado ha despertado mis sentimientos de compasión hacia los animales, que siempre están ahí. Tampoco ha ayudado mucho a que desaparezcan estos sentimientos la lectura, hace algunos años, de la obra de J.M. Coetzee, Elizabeth Costello, que denuncia nuestra prepotencia de racionales que niegan a los demás animales el pan y la sal y los usan como alimento, entretenimiento y demás, sin consideración hacia su posible "humanidad". Los defensores de los animales somos acusados de ocuparnos menos de los seres humanos que de éstos. En mi opinión, no hay más que una sensibilidad y esta incide sobre todo lo que nos rodea. Por otra parte, la inocencia de los animales, aún en las conductas más salvajes, los hace dignos de respeto y consideración.
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