martes, 7 de agosto de 2007

Asun

Mi suegra está en casa. Se supone que es para que le hagamos compañía, pero yo estoy muy poco en casa y P. tiene la terrible ternura del dragón, que le impide escuchar con paciencia sus "batallitas" (y eso que todos tenemos las nuestras). Está escribiendo sus recuerdos, casi a modo de sudoku, además de barrer eternamente el patio. No ha estado mucho y quizás por eso yo no respondo a la consabida relación tensa, me cae muy bien y creo que yo también a ella.
Pero tengo menos tiempo de escribir o de leer, y cuando lo hago, tengo un poquito de complejo de culpa.
En sus memorias hay, como no podía ser de otro modo, muchos recuerdos antiguos, de niñez y de guerra. Cuando tenga un segundo reproduciré aquí algún pasaje, pues están llenos de vida.
Antes de terminar voy a hablar del libro de Amos Oz, No digas noche. No cuenta nada especial, la relación de Teo y Noa, su vida en una población de Israel fronteriza con el desierto, y la puesta en marcha de un voluntarioso proyecto bien intencionado de creación de un centro de atención de drogadictos. La historia de este proyecto permite centrarse en el entusiasmo y la decepción, la lucha por la autonomía por parte de Noa y, en cierto modo, el caprichoso evolucionar del entusiasmo.
Tengo que leer más de Amos Oz, porque necesito confirmar la buena impresión que me ha causado su obra, densa, descriptiva y filosófica.
Quizás en lo que queda de agosto.
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