domingo, 8 de julio de 2007

Todas las mañanas del mundo

Es domingo y se puede madrugar menos que entre semana, así que a las nueve, cuando Corso y yo salimos a pasear, los caminos están desiertos y el aire tiene una especial calidad de nuevo, es más ligero y transparente y el calor de julio no le ha dado aún esa densidad del mediodía, en que parece que puede tocarse.
Esta mañana me trae a la memoria otras muchas de verano, especialmente de mi infancia y de casa de mis tías en Pedregalejo. Había en la casa, además de un mínimo jardín delantero con cantos rodados (llamados chinos en malagueño) y un pacífico (hibisco rojo), un terreno trasero con algunos frutales y una gran higuera. Allí jugábamos recién levantados, mientras mis tías recogían la casa antes de bajar a la playa, con un columpio colgado de una rama de una árbol y, sobre todo, con nuestra imaginación, que convertía este pequeño espacio en un universo. Recuerdo el sol de la mañana entrando entre las hojas de la higuera y el olor de la tierra recién regada y la felicidad de un día de vacaciones por delante y de una jornada de playa y de sol.

Cierto es que la distancia embellece los recuerdos, pero a lo largo de toda mi vida, siempre el principio del verano ha tenido para mi un carácter vigorizante, algo así como un principio, como una promesa de libertad (algo tiene que ver el fin del periodo escolar, sin duda).

Entre estas mañanas de estreno del mundo me acuerdo de algunas de abril o mayo en las que con mi club de atletismo iba a entrenar a la playa, todavía algo fresca a primera hora de la mañana. Corríamos en la arena y en el agua a la altura de la rodilla, y disfrutábamos de la camaradería y del esfuerzo, con el sol y el mar de fondo. Era como en Carros de fuego, pero unos años antes y en Málaga, que tiene menos glamour académico, pero más calor en mis recuerdos. A pesar del tiempo transcurrido no se borra de mi memoria el olor de esas mañanas, su color ni su belleza.
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