martes, 10 de julio de 2007

Eternidad

Hubo una vez un tiempo en que nada se movía en un mundo infinito y listo para ser estrenado. A menudo lo habitaba el tedio: no siempre el colegio era el lugar de los juegos ni del desafió de conocer.
Pero también están los días largos del verano del Sur, el mar que hace inmensa la tarde, el sol quemando la piel y las sonrisas, el rastro de la sal en la piel cuando sopla el terral, ese viento sólido como el silencio ardiendo. La parsimoniosa caída del sol, la noche entera para jugar y reír al fresco, en la playa, en una terraza o en un patio: la noche tan larga que rinde finalmente los párpados de los niños, soñando que ya son mayores.
Un tiempo detenido por el propio ansia de que transcurra. Un tiempo que luego se hará inasible, que volará sobre nuestras miradas ya heridas.


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