jueves, 26 de julio de 2007

Fuerzas medidas

Hoy pretendo hablar de un asunto que forma parte de nuestra civilización y que nos sirve de justificación para los comportamientos más egoístas. Se trata de un razonamiento muy sensato que nos hace medir nuestras fuerzas, es decir evaluar si somos capaces de realizar una determinada tarea o esfuerzo. Dicho un razonamiento justifica todos nuestros egoísmos. Se trata de la certeza de que no somos capaces de cualquier cosa y de la consiguiente conclusión de que es necesario medir nuestras fuerzas, especialmente cuando vamos a acometer algún acto generoso. Por ejemplo, si vamos a cuidar a un sobrino revoltoso, hacernos cargo de algún familiar mayor o ocuparnos durante un tiempo de la mascota de un amigo.
Recuerdo un tiempo en el que no estaban en vigor este tipo de subterfugios y así, aunque se tratase de una familia numerosa como la mía, que a duras penas llegaba a fin de mes, nos hacíamos cargo de una amiga que sufría hepatitis y que estaba estudiando fuera de casa.
Ahora lo medimos todo. Y lo medimos con mucha holgura a nuestro favor, de modo que nunca tenemos suficientes medios para tener un niño (o para adoptarlo) ni bastante tiempo para hacernos cargo de un sobrino cuya madre está hasta arriba de trabajo.
Vivimos sin tiempo para nada, es cierto, pero igual le sucedía a mi madre y ello no le impedía estar siempre dispuesta a ayudar a alguien. Hemos construido toda una mística del estrés y de la necesidad de descansar y cuidarnos que es absolutamente nueva y ni siquiera es eficiente: nos cocemos en nuestro egoísmo sin evitar el cansancio, la depresión y el malestar generalizado.
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