viernes, 20 de junio de 2008

Piel dura y corazón tierno

Tengo mis propias leyendas sobre las grandes ciudades. Solo conozco algunas directamente (Madrid, París, Aten as o Roma) y algunas no muy profundamente, pero aquellas cuyas calles no he pisado (Nueva York, Londres, Tokio, y un largo etcétera), contribuyen también a esa leyenda privada. Como todas esas intuiciones que no tienen que ver mucho con la racionalidad sino más bien con las ideas preconcebidas y no empíricamente comprobadas, me da un poco de miedo y otro de vergüenza exponerlas a la opinión pública, pero al mismo tiempo tengo la tentación de confrontarlas con otras opiniones y debatirlas. Hace poco hemos hablado en el trabajo en la comida sobre estos temas, y algunos amigos coincidieron conmigo, así que allí van mis teorías no científicamente comprobadas.
La piel, la superficie de la vida de las grandes ciudades es dura y bronca, con un día a día muy incómodo para todos los ciudadanos que la habitan: el tráfico, las prisas, los malos transportes públicos, la inseguridad, el cabreo habitual y generalizado produce un sentimiento de aspereza e inquietud que nos afecta a todos.
Pero luego, esporádicamente y a veces cuando suceden tremendos dramas más o menos colectivos, florece en lo profundo de las ciudades un espíritu solidario y amable, un sentimiento de comunidad intenso que las hace respirar como un organismo vivo unido.
Este corazón tierno, desgraciadamente, no nos libra de la aspereza de la vida cotidiana, pero al menos nos hace soñar que es posible otra vida en las ciudades. Y la habrá.
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