miércoles, 5 de diciembre de 2007

Un soneto de Miguel

Con 16 años y en una España en la que no se difundía la poesía de los perdedores, conocí por casualidad, por un fragmento recitado en una obra teatral televisada, la Elegía de Miguel Hernández a Ramón Sijé: Temprano levantó la muerte el vuelo, temprano madrugó la madrugada... Me gustó tanto que busqué, ¡sin Internet!, hasta que dí con el autor y con la obra El rayo que no cesa, que aún tengo en la colección Austral. Muchos de los sonetos me los sé todavía de memoria, entre otros este que reproduzco aquí:


Umbrío por la pena, casi bruno,
porque la pena tizna cuando estalla,
donde yo no me hallo no se halla
hombre más apenado que ninguno.
Sobre la pena duermo solo y uno,

pena es mi paz y pena mi batalla,
perro que ni me deja ni se calla,
siempre a su dueño fiel, pero importuno.
Cardos y penas llevo por corona,

cardos y penas siembran sus leopardos
y no me dejan bueno hueso alguno.
No podrá con la pena mi persona

rodeada de penas y cardos:
¡cuánto penar para morirse uno!

Es tan hermoso como la Elegía, como las Nanas de la cebolla, como tantos otros. Y lo traigo aquí para mis amigos, para revivir la emoción de descubrir a un inmenso poeta, algo profundamente estimulante.

Publicar un comentario