domingo, 2 de diciembre de 2007

Pequeña Miss Sunshine

Hace meses que no veo una película completa, casi tanto tiempo que no oigo música, hace algunos meses oí el disco de la Cecilia Bartoli sobre María Malibrán que es un obra maravillosa que recomiendo a cualquiera que le guste el bel canto, o incluso a quien no le guste, es una buena forma de empezar a conocerlo.
A pesar del tiempo que hace que no veo nada más que episodios de la serie Roma, ayer conseguí ver Pequeña Miss Sunshine, que es una fabula maravillosa sobre vencedores y vencidos. Se trata de una familia peculiar, muy implicada con la mística del triunfo y de un viaje delirante a través de la Norteamérica profunda en busca del dorado de California y de un casposo concurso de belleza infantil.
Desde el padre, autor de libros de auto ayuda, hasta el hijo que ha hecho promesa de no hablar y que quiere ser piloto, pasando por la tierna Olive, la concursante más ingenua de los nada ingenuos concursos de belleza infantil, y el abuelo, un caso aparte dentro de esta familia bienpensante, malhablado, drogata y vividor, todos los personajes de esta película están llenos de una enorme vitalidad, que no entienden aquellos que consideran ésta una película llena de patetismo.
Incluye este baño de realidad un intento de suicidio del tio Frank, el mayor especialista en Proust, un gay traicionado por su amante, y su hermana, la madre de esta familia de locos, Sheryl que como todas las mujeres lucha por el mantenimiento de la familia. Hace tiempo que vengo pensando que siempre, después de cualquier guerra, desastre o similar, hay una imagen de una mujer barriendo o encendiendo fuego entre lágrimas, dispuesta a levantar su existencia y la de los suyos a pulso, como obedeciendo a un irracional mandato genético. Me siento orgullosa de mi género, a veces algo tontorrón, pero siempre en lucha por el restablecimiento de la vida.
La enseñanza que extraigo yo de esta película es que la batalla es el triunfo, que no hay otra derrota que no luchar. Seguramente me equivoco, pero encantada. Y para A., que me regaló la película, muchas gracias y estoy segura que su trabajo y su vida serán tan hermosos como dicen sus ojos.
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