sábado, 17 de noviembre de 2012

Lloviembre

Lloviembre 
de lluvia,
de llanto y de tristura. 
De tiempo que acaba,
de día corto
y obscuro.
De nada diluyendose
en la lluvia
o en el llanto
Lloviembre de lo pasado,
de lo acabado, 
de lo muerto...
Lloviembre 
de las fuerzas que huyen,
y del silencio
que gana.

Por ahora. 

viernes, 9 de noviembre de 2012

El Hospital de la Princesa

Llevo treinta y cuatro años en Madrid y tengo bastante buena salud, así que no conozco muchos hospitales. Pero a la Princesa he ido bastante, para mi media de visita a hospitales. Fui alrededor una decena de veces cuando F. vivía sus años finales, con su insuficiencia respiratoria severa a cuestas. Ya entonces, quizás en los últimos años 90 o al inicio del cambio de milenio, yo me maravillaba de leer en sus tablones de anuncio los muchos premios a la calidad de asistencia sanitaria que acumulaba este edificio no muy moderno y algo destartalado. Era evidente que la excelencia estaba "en el interior", que era la excelencia de sus profesionales y de su medio ambiente de eficiencia, que estoy segura que es algo que se traslada en las moléculas del aire: si ves que médicos y enfermeras hacen su trabajo con toda su alma, tu terminas barriendo con toda tu alma, o haciendo tu trabajo de auxiliar administrativo a la perfección y ese germen de calidad crece y crece y lo inunda todo.
Algunos años después, cuando un terrible 11-M mi compañera I. y yo salimos a la calle desde la Biblioteca a ver cómo podíamos ayudar a los cientos de heridos que produjo aquella locura de los atentados a los trenes en Atocha,  nos dirigimos sin dudar fue a la Princesa; y acertamos porque allí, a pesar del desconcierto que reinaba en toda la herida y golpeada ciudad, hubo quien nos orientó hacia donde podíamos acudir.
La última vez ha sido hace menos de un año, cuando a C. el SUMMA se la llevó a la Princesa (¡felizmente!) y permaneció ingresada allí más de 20 días. La misma tarde de su accidente yo me acerqué a verla, absolutamente noqueada por el miedo a lo que me podría encontrar. Recuerdo que tras preguntar su habitación y debido a mi aturdimiento me olvidé del número de ésta en solo dos pasos. Volví atrás y formulé de nuevo la pregunta, pidiendo excusas por mi nerviosismo. Y me lo volvieron a decir con una sonrisa de comprensión y empatía que vale tanto como un tratado de psicología, como un manual de atención al público en situaciones de estrés.
Es verdad que C. se puso bien y que se pasa el tiempo diciendo que a ella la ha salvado el hospital de La Princesa y su genial equipo de la unidad de ictus, y que no pasa ni un día que baje a Madrid que no se acerque a verlo o a llevarle bombones. Pero en mi rechazo al cierre de este hospital (o la conversión en hospital de mayores) hay mucho más, una tristeza infinita de comprobar que en mi país la eficacia, la eficiencia, la profesionalidad, no cuentan nada, no tiene ningún peso a la hora de diseñar el futuro. Es más, cuando algo destaca por que es útil y bello (kalós kai agazós o), siempre hay un iluminado que decide que ya vale de excelencia, y decreta que volvamos todos a la misma grisura al mismo magma sin nombre.
¡No al cierre o reconversión de La Princesa!

sábado, 20 de octubre de 2012

Libros en vacaciones

Nos fuimos hacia Almeria, al camping Los Escullos cerca de San José el día 28 de septiembre, y a pesar de ir por Murcia apenas nos llovió, cuando llegamos aún pudimos darnos un bañito en la playa de los Arcos. Al día siguiente si que llovió a gusto, pero leer en el bungalow es también una una buena manera de pasar las vacaciones.
Hemos estado allí hasta el lunes 8 de octubre y en general hemos tenido un tiempo magnífico y hemos disfrutado a fondo de las playas (Cala Carbón, la de los Arcos, Monsul, Los Genoveses) y de la comida (vuelvo a recomendaros La Gallineta, en el Pozo de los frailes), así como del relajo de vivir sin preocupaciones.
Así da bastante tiempo a leer, ya antes de salir de Madrid había leído Un ángel impuro, de la serie africana de Mankell, que narra la vida de Hanna, una sueca que camino de Australia se casa y enviuda y recala en Lorenço Marques, como dueña de un gran prostíbulo. La novela, como Los ojos del leopardo o Tea Bag, describe muy bien la tensión entre los africanos y sus colonizadores y el tremendo miedo que subyace debajo de esa agresividad.
Mientras llovía en Los Escullos leí de una recopilación de narraciones cortas de Empar Moliner, de quien no había leído nada y que me gustó bastante, se llama No hay terceras personas, y son relatos que hablan de la miseria intelectual y de la real, de las trampas de nuestra era y de seres humanos que se pelean en un torpe combate contra ellas. Este libro es regalo de F., riojano-catalán- madrileño y compañero de fatigas en la biblioteca. A continuación me "bebí", como me suele suceder con las novelas negras, y especialmente con las de Asa Larson, Cuando acabe tu ira, en la que me ha gustado el vagabundeo postmortem de la asesinada y su relación con la tía abuela, se la dejé después a L. y ella también se enganchó de la historia.
Por último, y por indicación de L., me leí Todas las criaturas grandes y pequeñas, de James Herriot, que al parecer es una novela autobiográfica sobre los inicios de su carrera como veterinario en el condado de Yorky que relata con humor la dureza de la profesión, más allá de idealizaciones literarias.

Tras la vuelta, todavía de vacaciones, he estado en el Hayedo de la Pedrosa, el puerto de La Quesera, y de vuelta hemos descubierto el alto Jarama, con el embalse de el Vado y también la existencia cerca del pueblo de Retiendas de un Monasterio casi derruido, el monasterio de Bonaval, que merecería que algún mecenas se dedicara a recuperarlo.
En esta semana previa a la vuelta a la rutina estoy leyendo una obra de divulgación sobre tipografía Es mi tipo, de Simón Garfield, que me recomendó F.B. y que es una obra muy entretenida y con información muy interesante sobre las fuentes tipográficas, ese mundo desconocido para el común de los mortales antes de la generalización de los ordenadores.
Alterno la lectura de esta obra con Nos compramos un zoo, una sugerencia de mi hermana M., que siempre suele acertar. Es de Benjamín Mee y aún no puedo decir mucho sobre ella, porque no he hecho más que empezarla.
Y bien, en este fin de semana sufro un anticipo del síndrome postvacacional y pienso como contar aquí una historia hilarante que me contó F. mi peluquera, una chica marroquí de "casi 40 años" cuando llegó a España con 20 años. Aunque mejor os lo cuento en directo, intentando copiar sus gestos e imitar su gracioso modo    de hablar el español.

domingo, 2 de septiembre de 2012

La vida

Tengo ya dicho muchas veces que no creo que cumplir años aclare nada respecto a lo que es la vida y para qué sirve. Todo lo más los años te sirven para aceptar ese "no saber para qué, ni cómo ni por dónde" e intentar sacarle el mayor provecho a lo que, a estás alturas, tienes claro que es un bien menguante.
La supuesta madurez para mi es una leyenda y me temo que la supuesta serenidad no es más que un apaciguamiento casi fisiológico, de células que con el paso del tiempo, "ya no son lo que eran".
Tengo una amiga, sin embargo, AS, como a ella le gusta abreviarse, que con la caída de los años le ha dado por preguntarse cosas y está en una etapa curiosa de su vida, en cierto modo como una adolescente, sin verdades presupuestas y abierta a toda explicación trascendente. A mi me sorprende, mi poca o mucha inteligencia ha sido siempre práctica, aprendo las cosas haciéndolas y el impulso hacia la acción es mi primer rasgo.
Por eso siento la necesidad de recordarle a A. que vivir es tan hermoso como ella ha descrito en sus poemas, por si esa búsqueda de lo infinito duele, que a mi me parece que debe doler.
Hay mucho dolor sobre la tierra, dolor de carne, sangre, hueso y entraña, mucho más del que debería y creo  que hay que ser cuidadoso con los dolores metafísicos: no digo que no duelan, digo que el fuego quema y el hierro destroza la carne antes que las almas.
En fin, es una manera de decir que en un mundo que arde y se deshace, el dolor propio es en cierto modo secundario.
A,  ahí te dejo tu poema, que es un canto a la vida sin paliativos:


SI VINIERA LA DAMA DE LA MUERTE

Si viniera por mí la oscura dama,
la oscura Dama de la Muerte,

si viniera esta noche,
o alguna noche de éstas
-como vendrá, sin duda, alguna noche-,

saldría a recibirla a los umbrales,
la invitaría a que pasara dentro,
le ofrecería el pan,
la sal, el agua fresca,

y con amor y miedo
pediría a la oscura Madre Muerte
un trocito de tiempo, apenas nada,

tan sólo el necesario
para sentarme a solas
-tal vez en la ventana,
mirando hacia los cielos-
y recogerme un poco,
para maravillarme una vez más.

Para maravillarme de estar viva,
de ser consciente de estar viva,
de ser, sencillamente, y de saberlo.

De hacer parte de un mundo donde hay cosas,
un mundo donde existen

las piedras, las montañas, los caminos,
las nubes de algodón, los arrayanes,
los cines de verano, las leyendas,
las estrellas, la luz, los animales,
los pasteles, las pizzas, los helados,
la gente...

Un mundo donde hay gente, Dios bendito.
¿Será posible que haya gente?
¿Será posible que haya tanta gente,
que yo misma sea gente, que yo sea
una mujer en medio de este mundo?

¿Que haya nacido entre la gente,
que haya corrido libre,
que haya crecido amada,
que haya tenido hombres,
que haya parido hijos,
que haya visto belleza,
que haya llorado a veces?

¿De dónde a mí tanta riqueza?
¿De dónde a mí tanta abundancia?

Sufrimiento, alegría,
abyección, inocencia,
maldad, bondad, justicia,
salud, dolor, olvido…

¿Qué importan los matices
ante el hecho desnudo
de ser, de haber vivido?

Criatura entre criaturas,
pedazo de planeta,
hija de las estrellas,
corazón de los astros,
madre del universo
que habita en mis adentros,

amada de los dioses,
semilla de futuro,
eslabón de cadena,
sede de la consciencia,

nacida de la tierra,
ungida por los cielos,
portal de lo sagrado,
bendita entre benditas

por ser, por haber sido,
y por haber llegado
-una noche de noches-
al punto del encuentro.

Y por seguir viaje
-con amor y con miedo-
a través de la muerte.