domingo, 2 de septiembre de 2012

La vida

Tengo ya dicho muchas veces que no creo que cumplir años aclare nada respecto a lo que es la vida y para qué sirve. Todo lo más los años te sirven para aceptar ese "no saber para qué, ni cómo ni por dónde" e intentar sacarle el mayor provecho a lo que, a estás alturas, tienes claro que es un bien menguante.
La supuesta madurez para mi es una leyenda y me temo que la supuesta serenidad no es más que un apaciguamiento casi fisiológico, de células que con el paso del tiempo, "ya no son lo que eran".
Tengo una amiga, sin embargo, AS, como a ella le gusta abreviarse, que con la caída de los años le ha dado por preguntarse cosas y está en una etapa curiosa de su vida, en cierto modo como una adolescente, sin verdades presupuestas y abierta a toda explicación trascendente. A mi me sorprende, mi poca o mucha inteligencia ha sido siempre práctica, aprendo las cosas haciéndolas y el impulso hacia la acción es mi primer rasgo.
Por eso siento la necesidad de recordarle a A. que vivir es tan hermoso como ella ha descrito en sus poemas, por si esa búsqueda de lo infinito duele, que a mi me parece que debe doler.
Hay mucho dolor sobre la tierra, dolor de carne, sangre, hueso y entraña, mucho más del que debería y creo  que hay que ser cuidadoso con los dolores metafísicos: no digo que no duelan, digo que el fuego quema y el hierro destroza la carne antes que las almas.
En fin, es una manera de decir que en un mundo que arde y se deshace, el dolor propio es en cierto modo secundario.
A,  ahí te dejo tu poema, que es un canto a la vida sin paliativos:


SI VINIERA LA DAMA DE LA MUERTE

Si viniera por mí la oscura dama,
la oscura Dama de la Muerte,

si viniera esta noche,
o alguna noche de éstas
-como vendrá, sin duda, alguna noche-,

saldría a recibirla a los umbrales,
la invitaría a que pasara dentro,
le ofrecería el pan,
la sal, el agua fresca,

y con amor y miedo
pediría a la oscura Madre Muerte
un trocito de tiempo, apenas nada,

tan sólo el necesario
para sentarme a solas
-tal vez en la ventana,
mirando hacia los cielos-
y recogerme un poco,
para maravillarme una vez más.

Para maravillarme de estar viva,
de ser consciente de estar viva,
de ser, sencillamente, y de saberlo.

De hacer parte de un mundo donde hay cosas,
un mundo donde existen

las piedras, las montañas, los caminos,
las nubes de algodón, los arrayanes,
los cines de verano, las leyendas,
las estrellas, la luz, los animales,
los pasteles, las pizzas, los helados,
la gente...

Un mundo donde hay gente, Dios bendito.
¿Será posible que haya gente?
¿Será posible que haya tanta gente,
que yo misma sea gente, que yo sea
una mujer en medio de este mundo?

¿Que haya nacido entre la gente,
que haya corrido libre,
que haya crecido amada,
que haya tenido hombres,
que haya parido hijos,
que haya visto belleza,
que haya llorado a veces?

¿De dónde a mí tanta riqueza?
¿De dónde a mí tanta abundancia?

Sufrimiento, alegría,
abyección, inocencia,
maldad, bondad, justicia,
salud, dolor, olvido…

¿Qué importan los matices
ante el hecho desnudo
de ser, de haber vivido?

Criatura entre criaturas,
pedazo de planeta,
hija de las estrellas,
corazón de los astros,
madre del universo
que habita en mis adentros,

amada de los dioses,
semilla de futuro,
eslabón de cadena,
sede de la consciencia,

nacida de la tierra,
ungida por los cielos,
portal de lo sagrado,
bendita entre benditas

por ser, por haber sido,
y por haber llegado
-una noche de noches-
al punto del encuentro.

Y por seguir viaje
-con amor y con miedo-
a través de la muerte.
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