viernes, 9 de noviembre de 2012

El Hospital de la Princesa

Llevo treinta y cuatro años en Madrid y tengo bastante buena salud, así que no conozco muchos hospitales. Pero a la Princesa he ido bastante, para mi media de visita a hospitales. Fui alrededor una decena de veces cuando F. vivía sus años finales, con su insuficiencia respiratoria severa a cuestas. Ya entonces, quizás en los últimos años 90 o al inicio del cambio de milenio, yo me maravillaba de leer en sus tablones de anuncio los muchos premios a la calidad de asistencia sanitaria que acumulaba este edificio no muy moderno y algo destartalado. Era evidente que la excelencia estaba "en el interior", que era la excelencia de sus profesionales y de su medio ambiente de eficiencia, que estoy segura que es algo que se traslada en las moléculas del aire: si ves que médicos y enfermeras hacen su trabajo con toda su alma, tu terminas barriendo con toda tu alma, o haciendo tu trabajo de auxiliar administrativo a la perfección y ese germen de calidad crece y crece y lo inunda todo.
Algunos años después, cuando un terrible 11-M mi compañera I. y yo salimos a la calle desde la Biblioteca a ver cómo podíamos ayudar a los cientos de heridos que produjo aquella locura de los atentados a los trenes en Atocha,  nos dirigimos sin dudar fue a la Princesa; y acertamos porque allí, a pesar del desconcierto que reinaba en toda la herida y golpeada ciudad, hubo quien nos orientó hacia donde podíamos acudir.
La última vez ha sido hace menos de un año, cuando a C. el SUMMA se la llevó a la Princesa (¡felizmente!) y permaneció ingresada allí más de 20 días. La misma tarde de su accidente yo me acerqué a verla, absolutamente noqueada por el miedo a lo que me podría encontrar. Recuerdo que tras preguntar su habitación y debido a mi aturdimiento me olvidé del número de ésta en solo dos pasos. Volví atrás y formulé de nuevo la pregunta, pidiendo excusas por mi nerviosismo. Y me lo volvieron a decir con una sonrisa de comprensión y empatía que vale tanto como un tratado de psicología, como un manual de atención al público en situaciones de estrés.
Es verdad que C. se puso bien y que se pasa el tiempo diciendo que a ella la ha salvado el hospital de La Princesa y su genial equipo de la unidad de ictus, y que no pasa ni un día que baje a Madrid que no se acerque a verlo o a llevarle bombones. Pero en mi rechazo al cierre de este hospital (o la conversión en hospital de mayores) hay mucho más, una tristeza infinita de comprobar que en mi país la eficacia, la eficiencia, la profesionalidad, no cuentan nada, no tiene ningún peso a la hora de diseñar el futuro. Es más, cuando algo destaca por que es útil y bello (kalós kai agazós o), siempre hay un iluminado que decide que ya vale de excelencia, y decreta que volvamos todos a la misma grisura al mismo magma sin nombre.
¡No al cierre o reconversión de La Princesa!
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