sábado, 19 de octubre de 2013

El Madrid resistente o el verdadero relato de Madrid

Hace unos día Elvira Lindo, en un artículo que llamó Defensa de Madrid criticó la afirmación de los autores el artículo La decadencia de Madrid,que aseguran que a Madrid "le falta un relato". 
Estoy de acuerdo con Elvira en que Madrid sí tiene relato, un relato resistente, ampliamente constatado a lo largo de su historia.
Pero no voy a hablar de la historia, antes yo no estaba y no sé si lo que cuentan es cierto. Sí puedo hablar de lo que he visto, de la fuerza de Madrid frente a las dificultades y las crisis, al margen de las iniciativas institucionales y de los recortes y las atrocidades cotidianas.
Madrid resiste. El pasado día 8 de octubre la recorrí andando casi entera, disculpad la exageración, de Moncloa al hospital de la Princesa, de ahí a Caixa Forum para terminar de nuevo en Moncloa. Fue en el cumpleaños de C. que se siente muy feliz de cumplir un año más después de su ictus y que está pletórica de fuerza por su continuo cuidado de su organismo "tocado". 
Por comodidad y por elección elegimos calles secundarias, lejos de esas grandes arterias madrileñas de velocidad y ruido infernal. Y yo, que apenas "pateo" Madrid porque vivo fuera y trabajo aquí, pero muchas horas, me quedé sorprendida de ver la vitalidad de Madrid, la fuerza de sus ciudadanos para emprender, para lanzarse al proceloso mar de la competitividad comercial. Muchos son los "garitos" que sirven comidas o bebidas diversas, todas con algún elemento novedoso, pero sobre todo, muchos son los micro-comercios que ofrecen algún valor añadido, alguna mercancía alternativa, alguna gracia especial.  
Con esta energía se empiezan a salvar las crisis, y eso al margen de las legislaciones y de las iniciativas institucionales. La sangre de Madrid está hecha de muchos forasteros y extranjeros, de gente que aquí ha conocido la libertad y la grandeza de ser ciudadanos en lugar de súbditos, esclavos o cualquier otra forma de dependencia. Estos metecos se agarran con fuerza a lo que tienen, sea un puesto de barrendero o una plaza en un albergue o un mísero piso infrahumano y van escalando su humanidad luchando día a día hasta que empiezan a sentirse tan ciudadanos  que se convierten en el tejido de esta ciudad sucia, ruidosa y bullanguera. Una ciudad a la que odiamos y amamos, pero en la que a la vuelta de ciertas calles y esquinas se nos vuelve, amable, hermosa y solidaria.
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