sábado, 28 de enero de 2012

Cruasanes

En estos días en que el trabajo ocupa tantas horas, y la luz invernal dura tan poco, los pequeños placeres diarios no abundan y es difícil encontrar momentos para dejar volar la mente y los sentidos libremente. Levantarse de madrugada, coger el autobús en la noche aun cerrada, salir del Metro, cruzar Recoletos y entrar en la rutina sin casi salir de la nada que es el sueño, se convierte en algo automático, casi reflejo.
Decido andar un poco cada mañana, bajar del Metro una parada antes de la de destino y bajar por Génova, esa calle con aires de grandeza, que no se si será todavía Barrio de Salamanca, pero que lo parece.
Y cada mañana bajo por esa calle en la que pastelerías y otros comercios mas o menos lujosos se alternan con peluquerías y quioscos de prensa. Mucha gente baja conmigo hacia Colón, oficinistas, banqueros, abogados (aquí están la Audiencia Nacional y la entrada a la plaza de las Salesas, donde esta el Tribunal Supremo), pero también suben pequeños perros de ciudad, que vuelven con sus amos de un corto paseo al césped de Castellana, luciendo esa resignación de los perros de ciudad, como la de sus acelerados dueños acosados por la crisis.
Desde que lo hago, han comenzado a asaltarme antiguas sensaciones: recién llegada a Madrid, el primer o segundo año de mi estancia aquí, yo bajaba andando desde Fernández de los Ríos, en Moncloa, y al llegar a la plaza Colón, pasando junto a la cafetería Riofrio, me inundaba el olor de los cruasanes recién hechos, uno de esos bollos que yo no recuerdo haber comido de niña, y que al llegar a la capital para mi se convirtió en el símbolo de la libertad, en forma de desayuno con cruasán a la plancha.
Eso era hace mucho tiempo, antes del abono transporte, antes del Golpe de Tejero y de la famosa Movida. Yo era otra persona, en nada me reconozco ya cuando leo lo que escribí (quizás mejor que ahora), en lo que dije, en lo que creo que pensaba. Pero me reconozco en La Ciudad no tiene fin, de Moris y en alguna otra vieja canción. Sólo una cosa más permanece, el maravillado asombro con el que me enfrento, hoy como ayer, al cielo que comienza a aclararse junto a la línea de los edificios, allá a lo lejos la silueta de la torre de la iglesia de la Concepción, con algo de filigrana o encaje sobre el cielo ya casi rosado. Y al cruzar Recoletos, ahora si, sentir la belleza de esta casa de piedra, tan hermosa y tan inmutable a la orilla de Recoletos, por siempre joven después de sus Trescientos años. Buenos días, Vieja Señora
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