sábado, 10 de marzo de 2012

Susana, Pirra y María

C. lleva más de 10 días en el hospital, con tubos en su cabeza (ella dice que parece Makoki ¿quién le conoce ahora?). La enfermedad traidora ataca en la línea de flotación que para muchos hoy es la cabeza y a C. se le confirman las certezas: vivir es la única obligación, todos los demás asuntos son tonterías. 
No sé que decirle, yo sigo sin sustos esta vida imbécil que es la nuestra y es difícil que comunique con ella, que siempre supo cuál era la vida que merecía la pena vivirse.
Mientras, Pirra, una de mis gatas, se murió: ¡cuánto duele la muerte de los bichos de uno! y Susana, nuestra compañera de siempre, libró su último combate con la enfermedad por antonomasia, el innombrable cáncer que nos diezma sin que le tiemble mínimamente el pulso.
La muerte incomprensible es supuestamente equivalente: Pirra, V., Susana. Pero María, la hija de 11 años de Susana, no entiende de equivalencias: la muerte de Susana, su madre no tiene parangón ni medida alguna: es enorme, arcana y negra y abarca su vida entera.
Susana era una joven morena con gafas (ahora sería quizás una gafapasta), que vestía a menudo minifaldas y medias de colores vivos. Tenía una sonrisa inquisitiva, es decir, amablemente preguntaba el sentido de las cosas. Hacía bien su trabajo y se reservaba el derecho a disentir o a pensar diferente. Con María tuvo siempre una conversación muy intensa e íntima, desde el mismo momento en que nació.
Estos frutos de la edad son deleznables, ver la muerte y la enfermedad asolando tu entorno. Cierto es que María y yo sabemos, nos lo dijo Susana, que luchar es nuestra esencia. Por eso vamos a seguir adelante
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