domingo, 2 de enero de 2011

Por qué se escribe o por qué no escribimos

Hoy el "colorín" de El País trae las respuestas de muchos escritores a la pregunta de ¿Por qué escribe? Como alguno reseña, es una pregunta que se presta a respuestas ingeniosas, que generalmente suelen ser verdades a medias.
Los más sinceros dicen que porque les gusta y porque no saben hacer otra cosa, hasta alguno hace una prolija relación de aquellas cosas que no sabe hacer y que son la causa de que escriba. Se trata de una pregunta tópica y claro está, las repuestas lo son también un poco.
A mi me interesa saber que algún escritor considera la escritura como una consecuencia lógica de la lectura o que alguno escribe los libros que les gustaría leer... Pero más aún me interesa saber por qué no escribimos, en un doble sentido social e individual.
Desde el punto de vista social, no escribimos, no sabemos expresarnos mediante la escritura, no digamos ya sentimientos complejos o pensamientos profundos, no sabemos explicar lo que ocurre ni narrar debidamente una historia, e incluso nos cuesta explicar algunos conceptos menos simples de nuestro quehacer profesional. No sé si, como apuntaba mi padre, se debe a la falta de presencia de lo escrito en nuestra educación o a lo peor es la ausencia del pensamiento en la educación; la instrucción y el adoctrinamiento no son educación y sin embargo en todos los tiempos han ocupado gran parte del programa educativo. Sea cual sea la causa, es un inconveniente importante en nuestra sociedad, y se deriva de él dos consecuencias opuestas: por un lado el enaltecimiento excesivo de quien sabe expresarse medianamente y por otro el desprecio del que escribe y de la lectura...
En lo individual, si cuando nuestras potencias están en su apogeo no las usamos, el arte o la habilidad no se desarrollan; muchos jóvenes que disfrutan de la escritura y que consiguen resultados potables dejan de ejercitarse en el trabajo sin final de escribir y de este modo se muere una veta que les podría producir una gran satisfacción.
Como tantas cosas, la escritura es un músculo, y precisa del ejercicio constante; la falta de este produce la peor sarcopenia, la que impide expresar lo que queremos y nos amputa razón y sentimientos escritos.
Ignacio del Valle, el escritor de El arte de matar dragones, escrito creo que en 2003, ha ido desarrollando músculo, la obra Los demonios de Berlín, del 2009 tiene más carne y más sangre. Aun así, he leído con ganas esta trama del Madrid de postguerra (me ha recordado a Winter in Madrid) y la intriga entre la pintura y la evacuación de El Prado, la iperita y el famoso Oro de Moscú. Pero aunque lo había pedido yo, me equivoqué, porque en realidad yo quería leer antes El tiempo de los emperadores extraños, que está ambientada en el cerco de Stalingrado (como La Aguja dorada, de Montse Roig). No importa, leer siempre merece la pena, la semana que viene leeré El tiempo... Aunque llegue luego el olvido (el normal o el del Alzheimer), la lectura es más vidas sumadas a la vida. Este año, más lectura, más vida
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