jueves, 20 de enero de 2011

El tiempo de los emperadores extraños y el arte de titular

Ya hace algunos días que terminé la novela de mi último escritor recién descubierto, Ignacio del Valle. Es una policíaca del obscuro personaje Arturo Andrade, medio espía medio policía... En este caso la novela se desarrolla en Rusia, donde la llamada División Azul, en acuartelamiento próximo a Leningrado, en fechas cercanas al sitio de esta ciudad, sufre varios crímenes de horrible escenografía, parece que relacionados con los ritos masónicos de castigo a los traidores que descubren sus secretos. 
La novela es entretenida, aunque hay mucha batalla y violencia, pero dos cosas son para mi lo mejor del conjunto: una es la elección del título que alude a dos leyendas, la del emperador que paseaba desnudo pensando que lucía un hermoso traje y al nacimiento de una nueva era en el modo de vivir de la violencia,  fríamente y sin motivo.
Este autor crea muy buenos títulos, como le ocurría a Ítalo Calvino entre cuyas obras destacan Último llega el cuervo (No me gusta la traducción española Por último, el cuervo) o Si una noche de invierno un viajero o el sendero de los nidos de araña. Los títulos de Ignacio del Valle, De donde vienen las olas, por ejemplo, o Cómo el amor no transformó el mundo, incluyen un mundo de sugerencias y son atractivos y enérgicos.
Otro aspecto que valoro es el diseño del personaje de Arturo Andrade, sufiecientemente complejo como para ser una persona, débil y cobarde a veces (su traición en Badajoz a los republicanos es de una cobardía épica) y a veces de una audacia increible; reflexivo e impulsivo y plagado de fantasmas en su relaciones con las mujeres (estás para mi están peor pintadas). También es un maestro plasmando las situaciones extremas de la guerra, el hambre, el frío o la falta de amor. 
Me quedan por leer de este autor las dos novelas arriba nombradas y El abrazo del boxeador, pero creo que me voy a dar un descanso, estoy terminando de leer De que hablo cuando hablo de correr, de Haruki Murakami, libro autobiográfico sobre su iniciación en la escritura y en los maratones, que parafrasea el famoso título de Raymond Carver De que hablamos cuando hablamos del amor, que por cierto aún no he leído.
A la espera está A un dios desconocido, de John Steinbeck, que habla de ritos paganos y de un árbol protector talado. También promete hermosas horas lectoras, al resguardo de esta tristeza cenicienta que traen estos días.
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