domingo, 1 de enero de 2012

Nochevieja

Los amigos estaban cumpliendo. Los petardos sonaban cada vez más fuerte y todos los perros de los alrededores se sumaban al deconcierto. S. y yo continuamos agazapados en el parterre delantero de la casa, oyendo cada uno el castañeo de los dientes del otro. Yo sentía el miedo culpable al perro blanco, el del parche en el ojo al que había hecho ladrar cada día desde hace tantos, tirándole piedras, bolsas de Doritos y a veces rozando su hocico con el palo de latón oxidado de la fregona. 
La luz del porche delantero se enciende de repente y el "perro rata", el pequeño C. pasa rozándonos. Oigo aterrado unas pisadas lentas y veo la silueta enorme del dueño de la casa: dos metros de alto por casi uno de ancho y esa voz tan profunda que llama al perro-rata: - C., ya vale, Son solo petardos, tranquilo-
La luz se apaga y se cierran las puertas de esa casa tan calentita, en la que los perros son tan felices. S. y yo empezamos a movernos hacia al coche, esa sombra negra debajo de las columnas de la terraza... Despacio, sin hacer ruido, por que ahora los colegas han dejado de tirar petardos y la noche se deshace en un silencio previo al cambio de año. Abro aterido de miedo la puerta delantera, entro hacia el asiento del copiloto y S. se sienta en el de conductor, comenzando rápidamente la inspección. Enseguida encuentro las monedas y billetes, alrededor de 40 euros calculo, para comprar ropa, esa que me gusta y madre dice que es cara. S. abre el cubículo del copiloto en escorzo y encuentra una pantalla, ¡bien, es un navegador! Los nervios más una nueva tanda de petardos nos traicionan y vemos con horror que las lucen se vuelven a encender, y antes de pensarlo siquiera salimos corriendo con el botín, sintiendo el aliento del perro blanco con el parche negro en el ojo que tiembla de miedo, pero no llega a alcanzarnos, con el miedo poniendo alas en nuestros pies, mientras cerramos con un portazo la verja de esa casa llena de perros, gatos y gentes que tienen tantas cosas hermosas, mientras veo la sonrisa de S. entre sus ojos inundados de miedo y sombra

lunes, 7 de noviembre de 2011

Hablará siempre conmigo

Somos siete, éramos ocho. V., la hermana mayor, ya no está. Se fue el sábado cuando a su tozudez y tenacidad proverbial se opuso la realidad médica, tan tozuda ella, cuando le dijeron que ya no se podía luchar más, y que tampoco podían inventar una nueva tortura para su cuerpo devastado. Ella había luchado un año y medio, soñando viajes y reuniones familiares, "soñando quizás con vanidades..."
Su hija M. la ha cuidado, sin concesiones ni vacilaciones, con tierna solicitud y dedicación permanente, como siempre. Desde pequeña, ella estaba en medio de sus hermanos, sus padres y el resto, callada y eficiente. Sin plantearse, en estos tiempos, que sus hermanos compartieran la carga, sin quejarse de nada.
Con V. no era fácil compartir los días, con 500 Km. y otros obstáculos menos tangibles por medio. Pero ahora volvemos a ser yo una niña y ella una adolescente que se conocen y empiezan a contar la una con la otra. O viejas que se cuentan sus cuitas, y que abren un diálogo libre e infinito.
Llevo a todos los que he amado y ya no están a abrazar árboles y a contar estrellas. V., ven conmigo. 

martes, 1 de noviembre de 2011

Sin apenas leer

La verdad es que llevo un tiempo en que apenas tengo tiempo de leer, en mis vacaciones en Los Escullos leí Campos de Níjar, que me regalaron mis compañeros de Automatización, y la segunda novela de Kate Morton, la autora de El jardín olvidado, llamada La Casa Riverton. Pero el magnífico paisaje del cabo de gata, esos montes pelados, solo con esparto y colores de piedras volcánicas tampoco ayudaba mucho; solo a la caída de la noche en el porche del bungalow que por ocho días fue nuestra casa con C. y C. dormitando y de vez en cuando saliendo a la carrera detrás de un gato, leíamos o consultábamos Internet.
Pero el resto del tiempo, en vacaciones o yendo a la oficina, he estado tan ocupada trabajando o leyendo documentos técnicos, que la otra lectura, la de inventarse mundos ha quedado relegada totalmente. Y lo noto tanto como la falta de ejercicio. Aunque mi trabajo me encanta y me supone un continuo estímulo, necesito esa dosis de olvido que supone sumergirte en un buen libro. Tengo empezado uno de Tana French, Faithful Place, pero como es en inglés con bastante jerga, me cuesta bastante leer con el cansancio que acumulo. Y además hay siempre otras lecturas.
Además, muchos enfermos en la familia, mucho miedo y gran desconfianza en el futuro, para empezar este mes para mi tan poco estimulante, el noviembre de las pocas horas de luz de la naturaleza durmiente. Aunque este año las plantas, los árboles, los animales están confusos: moscas y hormigas adormiladas, flores extemporáneas... Desconcierto de la vida y la muerte.

Para los que tenéis niños e ipad: The Fantastic Flying Books of Mr Morris Lessmore

martes, 11 de octubre de 2011

La fuerza de las cosas

Mi hermana la mayor está muy mal, aunque no tiene demasiados años. Así es la cosa, los años no tienen mucho que ver cuando aprieta la enfermedad.
Yo estoy en Los Escullos, en Almería, tratando de pasar unos días de vacaciones. Todo esto casa bastante mal, aparentemente. Pero yo estoy tratando de trasmitir a mi hermana intensamente la fuerza de las cosas, intentando que la vida que yo vivo sea la suya, no la que tiene ahora, si la que le gustaría.
Aguanta, que tu siempre fuiste una luchadora.