domingo, 16 de marzo de 2014

Fragmentos de Baladas del dulce Jim

Ana María Moix nos ha dejado hace poco, aunque yo solo había sabido de ella a través de una larga y algo amarga entrevista no hace muchos meses.
Antes si, cuando escribió Baladas del dulce Jim, yo recuerdo tener copiadas en mi cuaderno de cabecera algunos fragmentos de esta obra que para mi alterna grandes hallazgos poéticos con alguna boutade. Pero estas baladas tienen en general un cierto aire de transgresión, un halo canallita e ingenuo, como tiene la canción Jim, de María del Mar Bonet.
Como en aquella vieja libreta de los años 70, la confeccionada por C., copio aquí algunos fragmentos que poblaron "esos días azules, esa luz de la infancia".

Las adolescentes mojan de lágrimas cada noche la almohada y cesan su llanto para pensar en el amor. Algunas muchachas atrevidas escapan de sus casas para ver la llegada de los marinos. Pero en las playas de las ciudades resulta inevitable mancharse de alquitrán el camisón. Es difícil soñar desde la alcoba blanca sin caer en la monotonía de inventar sombras tras las cortinas, oír pasos por los tejados y recurrir por fin a las tres avemarías.
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Un pájaro azul y el horizonte lejos. El mar regresaba despacio, a mis espaldas, sin alcanzarme nunca. Recogeré las flores en la arena como si fuera la primera vez que sueño con la playa.

--ooOoo--

Las gaviotas volvieron al mediodía y bajo el sol nos asesinaron con razón: habíamos echado a perder la playa con tantos sueños.

--ooOoo--

Tembló el mar como una golondrina cuando al fin comprendimos que no podíamos hacer otra cosa sino vivir. Pero las ciudades estaban lejos y, como si una gran helada hubiera caído a mis espaldas y me fuera imposible regresar, no puedo cuántos días tardé en averiguar que todas las calles desembocan en los muelles y qué triste es tener que abandonar las casas para que las paredes y los libros no te vean llorar.

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Clavé mis uñas en los ojos de un pájaro, y allí estaba la noche: inmensa, húmeda.

 --ooOoo--

Me gustaría estar con todos en todas partes escuchando una bella melodía: que hay que vivir, amigos, que hay que vivir, aunque sea cierto que morimos en un banco del paseo una tarde de invierno, con el corazón encogido, intentando aprender a pronunciar la palabra amor.

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Moriré en París, como César, una tarde de frío y aguacero. Se lo dije a la sombra, antes de que se fuera:
Habrá un muerto que no saldrá en los periódicos. Y sonrió con labios de fantasma y risa hueca.

 --ooOoo--

Me enamoraré como los pájaros una madrugada, hasta la noche con la seguridad de haber vivido, aunque sea cierto que tal vez mañana el mar nos busque por las calles y nos ofrezca un lirio para cubrir el hueco de nuestro antiguo corazón.

El amor a todas horas en esos tiempos y también el mar, que ahora me falta tanto pero que volverá seguro como en el poema de Ana María Nevó en el mar
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