domingo, 16 de febrero de 2014

Cielo de plomo, de Ben Pastor y otros asuntos plomizos

‘La naturaleza es muy sabia, antes de matarte te quita las ganas de vivir’, dice José Álvarez Junco que le dijo su padre poco antes de morir. Y a veces el invierno, el mal tiempo es un ensayo, un anticipo de lo que será esa desgana metafísica, ese eterno dejà vu.
Este febrero líquido está siendo para mi bastante plomo, y para colmo, la lectura de la nueva y deseada obra de Ben Pastor, Cielo de plomo, no ha conseguido librarme de esta sensación delicuescente, de que las cosas, los días y los sueños se diluyen entre mis manos como arena o agua.
La culpa es del mucho trabajar, indudablemente, pero también de los años cumplidos y lo vivido; aunque hay de todo y mucho bueno,  cuando llegan estos días grises uno parece recordar solo lo amargo, lo que deja un gusto de ceniza en el boca y el alma.
La novela de Ben Pastor es larguísima, 575 páginas, y recrea la estancia en Ucrania, cerca de Jarkov, después de haber sobrevivido a Stalingrado y con solo 27 años, de Martin Bora, un comandante del contraespionaje alemán, procedente de una familia de clase alta y católico auténtico. La historia está llena de la lucha interna del personaje entre su moral profesional y otra moral más profunda, la católica y con el recuerdo de Stalingrado, en donde todos los que participaron perdieron algo de humanidad.
La trama es compleja, con un desertor y un prisionero ruso implicados en viejas historias de robo y malversación y con un bosquecillo, Krasnny Yar, que guarda un secreto y en el que se producen desapariciones y muertes.
No sé por qué esta novela me han gustado menos que Luna mentirosa o Kaputt mundi. El caso es que así ha sido, pero aún así os recomiendo la lectura de las obras de Ben Pastor, incluida esta, porque te adentran en un universo y una época en la que se fraguó en parte lo que somos.

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