sábado, 28 de mayo de 2011

La vida en un semáforo

En medio del tráfico de un sábado de mayo, en el cruce de José Abascal con Castellana, dos chicos se ponen enfrente de los coches y realizan una representación mágica, en la que los gestos y los movimientos y una bola de cristal transparente nos transportan a otra dimensión más amable.
Después, el semáforo se abre y los dos personajes desaparecen y los conductores de los coches apenas pueden responder a esos instantes de tiempo suspendido con unas pocas monedas que ayuden a esas perdonas luminosas.
"Lo hacen por amor al arte", dice P. para consolarme de mi falta de reflejos para buscar esas monedas. No, lo hacen para vivir, para ganarse la vida de este modo nada fácil, a salto de mata.
Los tiempos son difíciles, hay mucha gente haciendo trabajos penosos, duros, o cobrando poco, mal y nunca. Pero en los ojos de estas dos personas había una luz distinta, que jugaba con la de la pequeña bola de cristal. Puedes ganarte el pan con el sudor de tu frente, pero esos tipos del semáforo transmitían su luz a los que miraban y el aire se detenía mientras el semáforo cambiaba a verde.

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