sábado, 31 de julio de 2010

Vivir en los libros

"¡Ojalá siempre fuese verano!", dijo hace poco I. en Facebook. Es verdad, en verano todo (crisis, trabajo, problemas de salud), se debilita un poco frente a la savia del sol y de la luz. Se hace más fácil la vida, incluso si tu vida no es fácil. Mi madre decía que el verano es más barato: se come, se viste, se vive más económicamente.  Y se es más feliz, aunque decir esto sea una tremenda generalización, porque también se enferma, se muere y se sufre en verano.
Este no es un buen verano para nosotros, a mi alrededor hay bastante enfermedad y alguna pena, pero aún así, la luz de estos meses hace todo más soportable. El calor, ese tan odiado por algunos, es para mi un mal menor, y además tiene una buena consecuencia, la reducción de las jornadas laborales, esas largas jornadas que hacemos en este país y que solo demuestra nuestra incapacidad de organizar mejor las cosas. De esa reducción y de mis trayectos en tren se nutren mis muchas lecturas veraniegas.
Hace ya cinco libros que no escribo ningún post: La catedral del mar, Rapsodia Gourmet, Ulises from Bagdad, Hablaré cuando esté muerto y La neblina del ayer. En todos esos libros, aunque alguno no me ha gustado demasiado, querría sumergirme (con todas las garantías de regreso en algún caso) en algún retazo de sus historias.
En la obra de Idefonso Falcones, a pesar de la exagerada exaltación del nacimiento de la ciudad barcelonesa, me gustaría vivir un vía fora como los que narra el autor y además, disfrutar de la luz pasando a través de las vidrieras de la catedral de Santa María del Mar.
De la segunda obra de Muriel Barbery, Rapsodia Gourmet, me gusta el deambular del moribundo protagonista por los sabores de su vida, de los más refinados a los más primordiales, y le añadiría el sabor de un tomate con sal tomado en Churriana, cuya textura no sé describir como Muriel pero su mítico sabor me ha acompañado durante casí cuarenta años. No me ha gustado esta obra tanto como La elegancia del erizo, pero como dice mi amiga M.C., es muy difícil describir los sabores y la autora lo hace soberbiamente.
Ulises from Bagdad es una obra magnífica de Eric Emmanuel Schmitt, el autor de El señor Ibrahim y las flores del Corán. Este último me regalaron J. y N. y desde entonces he buscado siempre traducciones al español, pero hasta ahora no encontraba sus obras ni traducidas ni sin traducir. En esta novela es difícil querer verse protagonizándola, porque narra cosas terribles sobre los inmigrantes ilegales que tratan de llegar a Europa desde Asia y Africa. Me parece que es el autor el que habla de este fenómeno de la inmigración ilegal como de la nueva esclavitud y está muy acertado, porque realmente este fenómeno está resucitando pesadillas antiguas. Toda la obra es dura, pero está llena de un humor sarcástico, y es ahí es donde yo me querría incorporar, en ese uso del sarcasmo como tabla de salvación.
La cuarta obra es otra novela policíaca nórdica, Hablaré cuando esté muerto, de Anna Jansson, entretenida y bien urdida, y en ella el lugar que querría ocupar es el de esa anciana lúcida al comienzo de su decrepitud, Frida Norrby, aliándose con un pre-psicópata para resolver antiguos enigmas, la relación entre ellos es muy curiosa.
Y al final, La Habana de los años 50 de la novela de Leonardo Padura La neblina del ayer, en donde su protagonista el ex policía Mario Conde cae en las redes de una cantante de boleros ya muerta, Violeta del Río, y va desvelando una trama mejor resuelta que la de Pasado Perfecto, la otra novela que leí de este autor, muy bien escrita pero no muy bien resuelta (M., quizás por eso no te gustó mucho). Es curioso que Mario Conde resuelve mejor los casos cuando ya no es policía.
Aquí Padura se luce, y vives la pasión de esa magnífica biblioteca de la familia Montes de Oca, y sobre todo la de Catalina Bastarranechea, o Lina Ojos Bellos o, mejor aún, Violeta del Río, como la bautizó Alcides Montes de Oca,  la mujer que canta boleros en los cabarets de La Habana con voz de hambre y cuya muerte misteriosa persigue a Mario.
La Habana siempre ha sido un lugar para soñar para mi, primero con Tres tristes tigres, una novela que en mi juventud se convirtió en un mito y que me hizo amar a Guillermo Cabrera Infantes, más allá de su historia personal, como un autor que crea universos nocturnos inmensos.
Padura me devuelve una Habana más mísera, pero no más triste, y siempre llena de hermosos sueños y de hermosas voces. Mi bisabuelo cubano parece que cobra voz en este amor ciego: nunca fui a Cuba, ni a La Habana, pero me gustaría cantar boleros porque sí, porque no puedo vivir sin cantar, como Violeta del río.
Y si La Habana se parece a Cádiz, pues es bien hermosa: un mar azul junto edificios blancos con adornos de color albero. 
Publicar un comentario