viernes, 5 de marzo de 2010

For ever young


Yo era muy joven cuando llegué aquí. Ahora no puedo asegurarlo, pero es probable que exhibiera la petulancia de rigor entre la gente joven y esa injustificada y mentirosa suficiencia que a menudo ostentan éstos.
Además de joven, no tenía ni un céntimo y tampoco mucho tiempo, porque además de trabajar estudiaba INEF por las tardes. Para la institución en la que trabajo, la Biblioteca Nacional, yo era una persona peculiar, distinta de las bibliotecarias consuetudinarias, deportista, iconoclasta y de una pobreza manifiesta, no vergonzante.
De eso ha pasado ya 30 años y a la persona que era se han sumado muchas más ( no en vano doblo mi tamaño de entonces) y ahora he adquirido otros vicios estúpidos, como trabajar sin freno, creerme mayor o el vicio inmundo del optimismo.
Es curioso pero ahora sospecho que los únicos optimistas que quedamos, aparte de los algunos buenos políticos, somos la gente mayor; de hecho distingo en los jóvenes un pesimismo real o ficticio que casi me atrevería a llamar hormonal y que recuerdo también en mí y que me parece que yo, como los jóvenes hoy, consideraba como un rasgo de inteligencia suprema.
Recuerdo bastantes frases que se refieren a la juventud y los jóvenes, como buena aficionada a las citas. Mi padre citaba a George Bernard Shaw y decía que La juventud es una enfermedad que se cura con los años; mi querido profe burgalés de historia, don Jesús, decía que los jóvenes siempre terminarían teniendo la razón, porque los viejos morirían antes. Ambas frases tienen algo de amargo y negativo y acorde con mi optimismo tardío y generacional prefiero la frase de Pablo Picasso: Hace falta mucho tiempo para llegar a ser joven.
Pero hay algo raro en esto de ser joven y luego mayor y luego viejo y quizás la frase que mejor refleja este misterio es la que dice P. cuando se mira al espejo:  ¿Quién es ese gordo que se me ha comido?

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