sábado, 25 de julio de 2009

Libros de sol y agua

Me resisto a llamarlos libros de piscina para evitar considerarlos de evasión. Son libros que he leído en estos días de julio, más largos de luz y de calor. Pero ha sido así como podría haber sido de otro modo: podía haberlos leído en los días sin luz de noviembre, en fines de semana de chimenea, lluvia o nieve.
Esta vez se trata de tres títulos, como siempre totalmente diferentes. El que leí en primer lugar fue Dientes de leche, de Ignacio Martínez Pisón, del que ya he leído otro título hace bastantes años, La ternura del dragón. Dientes de leche es la historia de una saga familiar, los descendientes de Raffaele Cameroni, voluntario franquista que se establece en Zaragoza y del que se nos cuenta su lucha por la supervivencia, el nacimiento de sus hijos y la vida y los amores de éstos, y de algunos de sus nietos. Hay personajes tan curiosos como el de Pilar o el de la tía Milagros, así como el de Elisa, que me parece que representa muy bien el arrojo de una determinada generación de mujeres españolas. El autor agradece a su amigo Félix Romeo que le haya prestado un recuerdo de familia, pero la novela no es un mero ejercicio de nostalgia, sino que se trata de un retrato de una época bastante bien hecho.
El siguiente libro es la segunda obra de Khaled Hosseini traducida al español, Mil soles esplendidos (al parecer el título está basado en un verso de Saib-e-Tabrizi sobre Kabul que dice: "Eran incontables las lunas que brillaban sobre sus azoteas,/ o los mil soles espléndidos que se ocultaban tras sus muros"). Si en Cometas en el cielo se hablaba del Afganistan emigrado, aquí el autor nos cuenta los avatares de los afganos que se quedaron en el país fundamentalmente en Kabul. El argumento central es la historia de Marian, una harami (bastarda) y de Laila, la hija de un profesor liberal, y del marido de ambas, el zapatero Raschid, y de Tariq, el amor de Laila y el padre de su hija Aziza. Se trata de un argumento folletinesco si no fuera por Kabul y Afganistán: la vida de las dos protagonistas se ve arrasada por las bombas y las luchas primero contra los soviéticos y luego contra los talibanes. Novelas como estas nos enseñan que Afganistán fue un país pujante y vitalista, machacado por los diversos integrismos. Y que Kabul debe ser una hermosa ciudad.
La última lectura es La playa de los ahogados, una novela policíaca de Domingo Villar, que narra un caso de Leo Caldas, un inspector gallego cuyo carácter refleja muchos de los estereotipos sobre esta región: callado, socarrón y melancólico, nunca da respuestas univocas...
La historia es la de un ahogado que se supone que se ha suicidado atándose las manos para evitar nadar. Pero Leo Caldas descubre ciertas inconsistencias en esta tesis y va destapando historias de culpas y crímenes antiguos, centradas en tres tripulantes de un viejo barco, el Xurelo. Como contrapunto a un personaje tan esquivo como Leo Caldas, su ayudante aragonés Rafael Esteve ejerce de policía bruto que quiere arreglarlo todo de forma drástica. Las relaciones familiares de Leo (su ex-mujer Alba, su padre, su tío enfermo y su amigo Trabazo, médico retirado amante de la mar) sirven de fondo, un fondo difuso en el que se mezclan el mar y la vida de los pescadores tanto como aspectos del cultivo de la viña en Galicia y unos programas de radio que el inspector realiza semanalmente y en los que suele limitarse a tomar nota de las quejas sobre la policía de los ciudadanos.
Uno de los aciertos de la novela es la recreación de ambiente marítimo gallego, brumoso y lluvioso, cuando no tempestuoso, y que a mi me ha despertado el apetito de lectura de la primera novela de este autor, llamada Ojos de agua.
Sigo leyendo, dos obras al mismo tiempos: Memorias sentimentales de un miliciano rojo (1936-1939), de Justo García Melero, un bibliotecario que conocí ligeramente cuando comencé a trabajar en la BNE y una novela en ingles que es traducción de una española que jamás hubiera leído de no sugerirmelo y prestarmela I., mi profesora de inglés preferida.
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