jueves, 11 de diciembre de 2008

Mujeres mayores

Ayer fui al entierro de J., el marido de Pepita durante medio siglo. Fue un entierro real, bajo tierra y césped y con un frío helador. A Pepa la conozco bien, y después de más de diez años de verla apenas, la sigo conociendo: es una mujer mayor.
Lo siento, pero aquí mujer mayor no quiere decir una persona débil e insegura, que se mueve con miedo y que es triste, quiere decir eso, que es mayor, más grande que la mayoría. Más fuerte, más entera, más verdadera.
El cementerio era una falsa pradera cuajada de flores, falsa pero hermosa. Sonaba la Callas en Visi d'arte visi d'amore, una aria de Tosca que cantada por ella adquiere una textura de eternidad, en un casete no muy potente, y entre lágrimas Pepa pedía que subieran el volumen. Con pequeños copos cayendo y un viento que arrastraba el alma, hubo tiempo para que un sobrino leyera un poema de J., que además de marido de P. era buen poeta y sobre todo gran amigo y una persona alrededor de la cual crecía la poesía, como quien siembra amor y recoge poemas.
Pepa es de una madera que ya no se hace: su forma de vivir y disfrutar es a la vez ligera y profundamente comprometida. Una mujer tan generosa que ha hecho de divina providencia de todos los que lo hemos necesitado. Pero no es solo eso, es su fuerza que arrastra y hace sonreír a las piedras, a pesar de que no todo ha sido feliz en su vida.
Siempre dije que tengo dos madres, y que nadie se piense que la mía no era también una mujer mayor, una la de verdad y otra de la curiosidad, la fe y la lucha, y esta segunda es Pepa. Ella es la que me hace desear ser como ella, una mujer mayor.
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