domingo, 4 de agosto de 2013

Traganubes o comenubes

Dicen que K. no está terminado, que ha nacido sin el sistema digestivo completo. I. su madre dice que es que viene con vocación de ángel, ángel comenubes o tragasueños.
Cierto, angelito devorasueños, el mundo está muy necesitado de utópicos y soñadores. Pero mira, lindo niñito, para ser soñador hay que comer muchos biberones, y luego mucha sopa de verduras, y garbanzitos cuando llegue la hora.
Este mundo necesita visionarios con los pies en la tierra, bien comidos y queridos, como mucho carácter y mucha flema.
K., tengo tanta esperanza en ti, devoramiedos y fundepenas... 

sábado, 6 de julio de 2013

Cosas que nunca te dije

Pepa se murió el martes, sin que me enterase, mientras yo disfrutaba de mi último día de jardín y piscina, antes de incorporarme de nuevo a la batalla. Por lo tanto, el título de esta entrada no tiene nada que ver con la película de Isabel Coitxet, que no he visto, sino con cosas que me hubiera gustado hablar con mi amiga, con la que tantas cosas hablé, pero con la me gustaría seguir manteniendo una conversación permanente.


Cuando llegué a la Biblioteca desde Málaga, Pepa estaba en la sección de Publicaciones periódicas, que fue mi primer destino. Eran los primeros tiempos de lo que se ha llamado después la transición y ella, hija de un republicano que se murió esperando que los aliados llegaran a España a derrocar la Dictadura de Franco, era una espécimen algo peculiar entre muchas bibliotecarias con un talante conservador y manifiestamente de derechas. Era el azote de estas señoras y señoritas de buena familia, porque siempre dijo lo que pensaba con absoluta sinceridad y con gran pasión. Y su sentido de la responsabilidad social era imposible de evitar, más que excesivo. Siempre tuvo, además, una vena de locura que la hacía inmune a cualquier tipo de miedo.

Pero también era una persona dedicada intensamente a saborear la vida. Casada con el poeta Jacinto López Gorgé, sin hijos (esta carencia, más para Jacinto que para ella, supuso mucho en sus vidas), su ranking de viajera era inalcanzable. Después de cada viaje volvía llena de historias y de risas, pues de todo lo vivía con una vitalidad infantil y siempre con extrema intensidad. Jacinto había dejado la enseñanza para dedicarse solo a la poesía y sus alrededores (conferencias, antologías, artículos) y entonces aún un funcionario tenía media vida (a partir de las 3 de la tarde). Iban al cine, al teatro, a la ópera, a los conciertos, a cualquier acto cultural o fiesta de intelectuales. Pepa lo veía todo con mente ávida y no solo lo disfrutaba ella sino que nos lo contaba a nosotras, sus compañeras más cercanas de Publicaciones Periódicas, las que desayunábamos con ella.

A mi me prohijó desde el primer momento, quizás por venir del Sur que ella quería tanto, pues vivió en Ceuta, Melilla y Tetuán, más lugares del Norte de África; en Marruecos Jacinto y ella dibujaron a su alrededor un círculo de amigos y poetas que dio lugar a revistas como Ketama y sobre todo a una isla de razón y de belleza entre dos sociedades que se han entendido a menudo a trancas y barrancas.

Jacinto se murió en diciembre de 2008. Aún recuerdo el último día que los vi juntos, uno de principios de verano aquí en Collado, puede que en 2006, no lo recuerdo con exactitud. Pepa estuvo en mi casa destilando la energía de siempre, pero Jacinto se medió adormeció al sol del jardín, como quien se deja acunar por la muerte anticipadamente.

Después de su muerte, Pepa tuvo un bache, las pocas veces que la vimos estaba delgada y llorosa. Yo siempre sentía que debía llamarla y verla más, pero la vida estúpida de trabajo de sol a sol solo dejaba hueco para ese remordimiento, viejo conocido, porque también lo experimenté con la larga enfermedad de mi madre. Siempre dije que Pepa era mi otra madre, la madre biblioteca, la que te enseña a buscar, encontrar y poner en la mano del lector eso que necesita. Y a ella también le fallé.

Pero me llamaron ayer y me contaron su muerte, que parece elegida por su temperamento de genio alegre y hedonista. Trabajó hasta el final en la ordenación del archivo de Jacinto que había donado en 2010 a la Fundación Jorge Guillén de Valladolid, y tras un año de mejora de la salud y del ánimo, pero de mucho trabajo, decidió darse el premio de una estancia en el balneario de Medina del Campo.

Y allí la atajó "la pelona", pero no pudo con su espíritu de acero, con su sangre de alegría inquebrantable. Se fue como vivió, sin miedo y disfrutando. Y se llevó mi remordimiento, porque nada puede impedir esta permanente conversación que ahora nace.

Pepa, recuerdo que me contaste que unos de tu viajes, en una piscina de hotel había un cable suspendido encima del agua y te empeñaste en atravesarla deslizándote por él. Y que al final, lo conseguiste. Sea o no cierto esta anécdota, es la metáfora de tu vida, difícil pero gozosa siempre, y en eso quiero yo seguir tus pasos: nada es difícil con la sonrisa a cuestas.

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Comentario: La foto que incluyo no hace justicia a una persona llena de vitalidad y de sentido del humor, pero no tenía otra, me la dio M. y es anterior a mi llegada a la Biblioteca. Cuando pueda añadiré otra más acorde.

domingo, 9 de junio de 2013

Señores, ¡He leído un libro!

Si.Y un libro que no tiene nada que ver con el trabajo, que no tenía que leer para saber más, sino que quería leer, una novela negra comprada en el supermercado y terminada gozosamente a las 3 de la madrugada del sábado. Una de esas novelas que los ingleses llaman page-turner. Hace meses que soñaba con caer en la tentación y ha sido magnífico.
Recuerdo que de joven tenía dos sentimientos respecto a la novela negra: un cierto desprecio hacia un género que ingenuamente consideraba menor, y miedo, un rastro de los temores infantiles a la obscuridad y los monstruos que la poblaban.
En estos momentos, me da igual si el género es mayor, menor o ni siquiera existe. Sueño con sumergirme en otras vidas, en historias diferentes a la mía, para mi tan manida. Y el miedo que puede atenazarme es mucho más sutil y a pleno día. He dicho más de una vez que me gusta la novela negra porque, a diferencia de lo que ocurre en la vida real, los asesinatos se descubren y se sabe una verdad, y los crímenes se suelen pagar.
Dejando a un lado el suspense, la novela en cuestión es creo que la quinta de la escritora de Kiruna, Asa Larson y se llama Sacrificio a Mólek. En ella hay crímenes encadenados en busca de una herencia, crímenes que se hacen pasar por accidentes, un ataque de un oso, un atropello, y también un supuesto crimen de un loco. Y niños y perros. Y como siempre la fiscal Rebecka Martinson, la supuestamente frágil mujer que termina metiéndose, como es habitual, en la boca del lobo. 
Ni siquiera el tomar conciencia que ese meterse en la boca del lobo es un recurso estilístico repetitivo de la escritora ha supuesto una rebaja de la emoción de la lectura, a las tantas de la madrugada... ¡Cuántas madrugadas iguales, en la casa de mis padres, estudiante de bachillerato y de universidad! Hubo un tiempo que pensé que quería vivir de noche, o mejor que dormir era una pérdida de tiempo. Claro que tenía muchísimos años menos, y no me levantaba habitualmente a las 5.30. Y pensaba que la vida nos había sido dada para exprimirla como un limón, para llenar "el minuto inolvidable y cierto de sesenta segundos que te lleven al cielo…." O acaso al infierno más cercano.

domingo, 5 de mayo de 2013

Lo que hacemos los bibliotecarios


El pasado día 27 de abril hemos tenido una Jornada de Puertas Abiertas en la Biblioteca Nacional. Por primera vez en alrededor de 10 ediciones no me apetecía trabajar de voluntaria como habitualmente, y había varias causas, una de ella relacionada con el cansancio y el miedo a los errores que esto suele ocasionar.
Pero había una causa principal y casi filosófica y quizás derivada de los últimos tiempos de buscar mecenazgo y hacer campaña, “vendiendo” el valor de guardar y conservar durante tres siglos el patrimonio intelectual de este pobre país esquilmado. Ese rechazo a las Puertas Abiertas es una especie de desprecio elitista a esa necesidad de aprobación y patrocinio: la BNE ha hecho esto siempre, al margen de la aprobación, el presupuesto o el patrocinio, de espaldas al reconocimiento político, económico o social, sin que la mayoría de los españoles, los principales beneficiarios de este acervo incalculable, tuvieran la más mínima pista de que hace una biblioteca y ni mucho menos una biblioteca nacional…
Exposición de Durero, web BNE
Al margen de estas disquisiciones, a lo largo de  la mañana terminé disfrutando de las jornadas, de la felicidad de ver la sorpresa de la gente al ver nuestros tesoros (suyos, sí, pero también míos).  Pero hubo un comentario de uno de nuestros visitantes a una afirmación mía de que los bibliotecarios trabajábamos mucho, su comentario, algo dudoso, fue “¿Si? ¿Leyendo?”. Esta opinión, no demasiado asertiva, es un síntoma del desconocimiento de lo que hacemos los bibliotecarios.
No me extraña demasiado, a lo largo de mi larga vida en la BNE, me he encontrado con esa misma sorpresa cuando se hablaba del trabajo bibliotecario. Así pues, e igual que se dice que no hay tesis válida que no se pueda explicar a tu abuela de modo que lo entienda, creo que es importante poder explicar  tu oficio de modo que todo el mundo pueda entenderlo.
Vamos por orden, y trataremos de ponerlo en relación con nuestra propia biblioteca, de 500 o 1000 libros. Si queremos encontrar una obra en esta biblioteca, deberemos saber su título o su autor y donde está colocado, si buscamos un libro determinado.  O si buscamos libros sobre una materia cualquiera o tenemos los libros marcados de algún modo (aunque sea por su colocación) o no lo conseguiremos.
Si multiplicamos el número de obras, aumentamos su  tipología (manuscritos, grabados, dibujos, fotografías, partituras, grabaciones sonoras, videos, revistas y periódicos, además de libros) y hablamos de alrededor de 30 millones de piezas, es evidente que si no tenemos un modo de almacenar en un ordenador estos datos (autor, título y una descripción física de las obras, así como una marca de dónde están colocadas; más alguna marca de materia o clasificación que nos permita agrupar por temas) será imposible  localizar la información que custodian estas obras.
Ahora centrémonos en los 15 millones de títulos que suponen los 30 millones de ejemplares que deberían estar descritos, pero que no todos lo están de forma automatizada, es decir, no están dentro de la base de datos del catálogo. Muchas de estas obras, especialmente las más antiguas, están prolijamente descritas en catálogos impresos o en fichas manuales tradicionales, lo que hace más difícil su recuperación y por lo tanto el objetivo es incluir estas descripciones en la base de datos común, pero esta es una tarea que debe hacerse en paralelo con los nuevos ingresos (unas 314.000 obras al año) y con aquellas piezas que están sin describir. Hay por ejemplo hasta 2 millones de fotografías, que están descritas en una mínima parte, y cuya descripción requiere de conocimientos especiales de los procedimientos de fotográficos a lo largo de los años; y por poner un ejemplo más, unos 600.000 grabados incluidos dentro de libros y que conviene describir pormenorizadamente por cuestiones de seguridad.
Esta es la tarea básica de la BNE y la que permite todas las demás, que aumentan día a día con las posibilidades y las exigencias de las nuevas tecnologías. Y sin esta tarea primigenia, no existen las demás: no se puede difundir la colección correctamente, ni para los investigadores ni para el público en general, ni se puede fomentar la investigación de estas obras, puesto que no es posible individualizarla dentro del gran conjunto de los muchos millones que contiene la colección.
Así, si describir 15 millones de obras y lo que es más, alrededor de 314.000 nuevas obras cada año, es ya un trabajo notable, si a eso añadimos el control de los préstamos de estas obras a los lectores en sala y a otras bibliotecas para el préstamo interbibliotecario, su preparación para exposiciones, su digitalización, su publicación en la Biblioteca Digital Hispánica para su uso y disfrute por parte de los ciudadanos de todo el orbe, los trabajos para mantenerlas en buen estado de conservación, empieza ya a parecer una tarea inabarcable, una auténtica tarea de Sisifo
Y en estos tiempos hay que sumar la falta de presupuesto y esa necesidad ya mencionada de convencer a los plutócratas de que es bueno invertir en conocimiento y cultura. Y de que el oficio de bibliotecario, además de una innegable vocación de servicio público y de permanencia, exige cada vez mayores  conocimientos y preparación continua; que admitan, por ejemplo, que una biblioteca se precisa cada vez más de perfiles especializados en la web, si queremos tener una sede web con visibilidad y que cumpla criterios de accesibilidad y usabilidad, y que además tenga un diseño atractivo y elegante. O que son necesarios un montón de perfiles profesionales especializados para poner en marcha el Depósito legal de Internet, o continuas oportunidades de formación para los trabajadores de las bibliotecas de conservación que deban realizar la tarea de conservación de ese patrimonio intangible que está solo en la web y solo por poco tiempo.
Pero sobre todo, que sean conscientes de que quienes describen, organizan y difunden lo que es y será el patrimonio intelectual de hoy y de mañana deben contar con todo el apoyo de la sociedad y por supuesto del Estado
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