sábado, 6 de julio de 2013

Cosas que nunca te dije

Pepa se murió el martes, sin que me enterase, mientras yo disfrutaba de mi último día de jardín y piscina, antes de incorporarme de nuevo a la batalla. Por lo tanto, el título de esta entrada no tiene nada que ver con la película de Isabel Coitxet, que no he visto, sino con cosas que me hubiera gustado hablar con mi amiga, con la que tantas cosas hablé, pero con la me gustaría seguir manteniendo una conversación permanente.


Cuando llegué a la Biblioteca desde Málaga, Pepa estaba en la sección de Publicaciones periódicas, que fue mi primer destino. Eran los primeros tiempos de lo que se ha llamado después la transición y ella, hija de un republicano que se murió esperando que los aliados llegaran a España a derrocar la Dictadura de Franco, era una espécimen algo peculiar entre muchas bibliotecarias con un talante conservador y manifiestamente de derechas. Era el azote de estas señoras y señoritas de buena familia, porque siempre dijo lo que pensaba con absoluta sinceridad y con gran pasión. Y su sentido de la responsabilidad social era imposible de evitar, más que excesivo. Siempre tuvo, además, una vena de locura que la hacía inmune a cualquier tipo de miedo.

Pero también era una persona dedicada intensamente a saborear la vida. Casada con el poeta Jacinto López Gorgé, sin hijos (esta carencia, más para Jacinto que para ella, supuso mucho en sus vidas), su ranking de viajera era inalcanzable. Después de cada viaje volvía llena de historias y de risas, pues de todo lo vivía con una vitalidad infantil y siempre con extrema intensidad. Jacinto había dejado la enseñanza para dedicarse solo a la poesía y sus alrededores (conferencias, antologías, artículos) y entonces aún un funcionario tenía media vida (a partir de las 3 de la tarde). Iban al cine, al teatro, a la ópera, a los conciertos, a cualquier acto cultural o fiesta de intelectuales. Pepa lo veía todo con mente ávida y no solo lo disfrutaba ella sino que nos lo contaba a nosotras, sus compañeras más cercanas de Publicaciones Periódicas, las que desayunábamos con ella.

A mi me prohijó desde el primer momento, quizás por venir del Sur que ella quería tanto, pues vivió en Ceuta, Melilla y Tetuán, más lugares del Norte de África; en Marruecos Jacinto y ella dibujaron a su alrededor un círculo de amigos y poetas que dio lugar a revistas como Ketama y sobre todo a una isla de razón y de belleza entre dos sociedades que se han entendido a menudo a trancas y barrancas.

Jacinto se murió en diciembre de 2008. Aún recuerdo el último día que los vi juntos, uno de principios de verano aquí en Collado, puede que en 2006, no lo recuerdo con exactitud. Pepa estuvo en mi casa destilando la energía de siempre, pero Jacinto se medió adormeció al sol del jardín, como quien se deja acunar por la muerte anticipadamente.

Después de su muerte, Pepa tuvo un bache, las pocas veces que la vimos estaba delgada y llorosa. Yo siempre sentía que debía llamarla y verla más, pero la vida estúpida de trabajo de sol a sol solo dejaba hueco para ese remordimiento, viejo conocido, porque también lo experimenté con la larga enfermedad de mi madre. Siempre dije que Pepa era mi otra madre, la madre biblioteca, la que te enseña a buscar, encontrar y poner en la mano del lector eso que necesita. Y a ella también le fallé.

Pero me llamaron ayer y me contaron su muerte, que parece elegida por su temperamento de genio alegre y hedonista. Trabajó hasta el final en la ordenación del archivo de Jacinto que había donado en 2010 a la Fundación Jorge Guillén de Valladolid, y tras un año de mejora de la salud y del ánimo, pero de mucho trabajo, decidió darse el premio de una estancia en el balneario de Medina del Campo.

Y allí la atajó "la pelona", pero no pudo con su espíritu de acero, con su sangre de alegría inquebrantable. Se fue como vivió, sin miedo y disfrutando. Y se llevó mi remordimiento, porque nada puede impedir esta permanente conversación que ahora nace.

Pepa, recuerdo que me contaste que unos de tu viajes, en una piscina de hotel había un cable suspendido encima del agua y te empeñaste en atravesarla deslizándote por él. Y que al final, lo conseguiste. Sea o no cierto esta anécdota, es la metáfora de tu vida, difícil pero gozosa siempre, y en eso quiero yo seguir tus pasos: nada es difícil con la sonrisa a cuestas.

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Comentario: La foto que incluyo no hace justicia a una persona llena de vitalidad y de sentido del humor, pero no tenía otra, me la dio M. y es anterior a mi llegada a la Biblioteca. Cuando pueda añadiré otra más acorde.
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