martes, 21 de diciembre de 2010

Puro azar

Puro azar es que yo exista. Se trata de una carrera que ganaron unas células y otras no, quién sabe por qué. El sentimiento de lucha continua, nuestros pensamientos más arcanos, la forma en nos movemos (aunque muchos nietos lo hagan como los abuelos que no han conocido), y hasta la actitud con la que nos enfrentamos a penas y a alegrías son fruto de una combinatoria que da este resultado, pero podía haber dado tanto otros.
Hace siglos que me digo que no entiendo a qué tanto alboroto con nuestro yo y nuestra individualidad: simplemente no entiendo de dónde viene esa conciencia de ser únicos. Conforme envejezco me convenzo más y más que esos yo que tanto amamos son un raro producto. Yo podía ser tú, y aunque muchas otra cosas nos hacen, lo primero siempre sangre y células...
En fin, que me meto en las temidas navidades con la duda atroz de si realmente ser es tener conciencia de existir o es otra cosa, ese manso existir de muchos seres. Y dejar de existir debe ser un fácil dejarse llevar muchas veces. 
Y además está el tiempo, ese misterio que deteriora las cosas y entorpece los sentidos, sin que sepamos explicarnos qué es. El símbolo del tiempo que pasa es para mi la Noche Vieja, pero no es algo amargo, más bien excitante como todos los misterios. 
Quizás esta papilla filosófica, extraña en un temperamento como el mío, propenso más a hacer y a construir, sea el fruto de dos meses demoledores que han molido mis neuronas además de mi espalda, terribles semanas de amontonamiento de trabajo y de tensión. Casi ni he leído, pero la semana pasada conseguí terminar mi eterna lectura, una novela de Paul Theraux llamada The dead hand, que además de ser considerada un thriller, tiene bastante de novela de viaje en cómo cuenta India,  y además quizá también de reflexión sobre el proceso de creación a través de la escritura. Para descansar un poco de la lectura en inglés ahora estoy leyendo Travesuras de niña mala, del reciente Nobel de literatura y me esta gustando bastante.
Pero hay muchos libros, míos y para regalar, en el cuarto donde atesoro los regalos, comprados a última hora de la tarde, tras jornadas leoninas y gracias a la ayuda de M., porque hasta para regalar, y aunque te guste tanto como a mi, hay que tener la neurona fresca. Esos libros nuevos son un estímulo para mi, un almacén de sueños por soñar; ya sean para mi o para alguien que quiero: sin duda será azar, pero este amor está en mi desde mi primer aliento.
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jueves, 2 de diciembre de 2010

El territorio de la infancia

Que la infancia más que un periodo temporal es un territorio es una idea ya muy explotada y que no he inventado yo, pero que sí  me gustaría matizar.
Es un territorio físico, porque siempre está ligado a algunos escenarios, tanto habituales como extraordinarios: la playa, el cole, la o las casas; o una navidad especial...
Y también es un territorio en el sentido más abstracto, el del solar, lo que nos pertenece más allá de cualquier pertenencia material posterior: lo que somos, lo que nos define a nosotros mismos y nuestros contornos. Nuestros juegos, que empiezan a diseñar lo que seremos, nuestras alegrías y nuestros llantos.
Parte de ese territorio abstracto es reinventado más tarde, cuando ya eres mayor, creado juntando recuerdos ajenos y mentiras propias, sin darnos cuenta que ese territorio, el de verdad, está grabado en nuestra carne y en nuestra sangre.
Como es un territorio recreado, tiende a ser mejorado y depurado de lo menos hermoso, resultando al final un edulcorado cuadro: todos tenemos una infancia feliz 
Pero ¿qué ocurre con las infancias de los niños maltratados, heridos, humillados o enfermos, aquellas que es imposible rescatar o embellecer?
Pues que nos dejan adultos sin solar, sin territorio. Porque la verdadera patria es la infancia 

sábado, 20 de noviembre de 2010

Todos vigilaban a todos

La semana pasada terminé un libro de un autor islandés, Arnaldur Indridason. Se trata de una novela policíaca del detective Erlendur Sveisson, el mismo que protagoniza la novela La voz, ese hombre atormentado por la desaparición en la nieve de su hermano cuando ambos eran pequeños.
Esta novela se llama El hombre del lago y narra la aparición de un cadáver en el lago Keleifarvatn, debido a la disminución del nivel del agua a causa de filtraciones. El cuerpo presenta una herida en la cabeza y lleva atado al cuello un aparato ruso de transmisiones.
El desarrollo de la novela nos muestra a Erlendur estudiando desapariciones no resueltas, un trabajo muy acorde con su obsesión por las personas desaparecidas; de este modo comienza a investigar la desaparición del propietario de un Ford Falcón negro, uno de cuyos tapacubos se había perdido y que le  lleva a investigar aun irascible granjero encerrado en un asilo.
El detalle del aparato de transmisiones rusos, le también lleva a estudiar la pista del espionaje en la época de la guerra fría, en la que Islandia jugó un cierto papel, debido a la existencia de bases americanas.

Pero en paralelo el autor está contando la historia de Tomás, un estudiante socialista islandés que se desplazó a Leipzig becado por los socialistas alemanes para difundir sus ideas, y la de sus amigos, Emil, Karl, Hannes, de la omnipresencia de Lothar, de la aparición de Ilona en la vida Tomas, de como su influjo va convenciendo a este de que el régimen de Alemania del Este ha creado una sociedad vigilada, donde la delación es una moneda de cambio que consigue favores y prebendas.
Al final de la novela se dan cifras de las personas que realizaron labores de vigilancia para la Stasi y son realmente apabullantes. Esta tensión soterrada estalla en la novela con la desaparición de Ilona y la angustiosa búsqueda de ésta por Tomás, recorriendo instituciones sórdidas y fantasmales.
Al final, a Tomás solo le queda la imagen de Ilona sonriente junto a la estatua de Bach en la iglesia de Santo Tomás y una tristeza infinita que arrastrará hasta el fin de sus días: Ilona fue para el un abrir los ojos a una primavera posible, la que intentaron primero los húngaros sin éxito, la que luego triunfó en Praga

viernes, 5 de noviembre de 2010

Los demonios de Berlín

Últimamente me da la impresión de que no me explico bien y como eso a veces me crea algunos problemas, intento remediarlo, midiendo mis palabras algo más (soy un poco impulsiva) y tratando de explicar cosas complejas. Por eso voy a tratar de explicar por qué me ha gustado un libro que tenía bastante papeletas para que me hubiera producido un tedio tremendo. El libro se llama Los demonios de Berlín, de un autor que hasta ahora no conocía, Ignacio del Valle.
Entre los elementos que pudieran haber hecho que no me gustara están la tremenda presencia de los horrores de una guerra brutal, la 2ª Guerra Mundial, y del nazismo. Y la descripción de armas, batallas, la lucha entre las calles de Berlín, con el sufrimiento de la gente inundándolo todo... No sé si es por haber visto en casa mucha literatura militar, sobre táctica y sobre armamento, pero el tema me resulta muy árido. Lo cierto es que este autor hace que digieras las más tremebundas escaramuzas entre tanques, bombas y diverso armamento, sumergidos en la acción más trepidante
Pero es también una novela sobre la duda, contra el nihilismo y con un profundo sentido de la necesidad de una moral que busque lo mejor de los hombres, en lugar de sacar de ellos lo más obscuro y perverso. En cierto modo me recuerda las novelas de Ben Pastor y a su personaje el comandante Martín Bora, aun cuando del Valle filosofa sobre la condición humana con mayor profundidad y sus obras se desarrollan en escenarios más extremos, en este caso el Berlín en el que se termina la guerra y en el que luchan alemanes, rusos, americanos.
En toda la novela ondea un sentimiento casi religioso sobre la maldad, sobre como esta se va forjando y anegándolo todo. Creo que hay una película reciente que narra los años previos al auge del nazismo, encontrando en ellos una veta escondida de maldad que se materializó en los años del III Reich y que al parecer es sobrecogedora. La religiones tienen una idea positiva del bien y a su alrededor articulan su discurso, pero si hay algo que perdure, que tengas los adoradores más fieles y de la que estemos todos cercanos, esa es "la religión" del mal. Ese mal que en algunos momentos cruciales se respira y hace difícil resistirse y seguir sintiendo la pasión del bien.
En resumidas cuentas, se me ha abierto el apetito para leer más obras de este autor, que una entrevista al final de la edición de bolsillo recuerda a los que reniegan de los bestsellers que muchas obras clásicas fueron en su día bestsellers: entre otros y de forma muy notoria, el Quijote.