viernes, 20 de noviembre de 2015

Más allá de mis penas personales

Decíamos ayer... dicen que dijo Fray Luis de León al volver a su cátedra después de cinco años. Yo llevo menos sin venir por aquí, y no puedo compararme con él de ningunas de las maneras, pero en cierto modo esta es mi manera de retomar esta forma de hablar conmigo misma y con dos o tres amigos lectores.
Hoy quiero hablar de penas y de su contrario, la alegría, el gozo vital. El título de esta entrada, un fragmento de la poesía La poesía es un arma cargada de futuro, de Gabriel Celaya, alude a la responsabilidad social en los males de todos, el hambre, el odio, el dolor sin más. El poema es el fruto de los tiempos y me trae recuerdos de una Marina más joven y de muchos amigos, algunos incluso ya desaparecidos.
Pero esto es normal cuando una tiene ya tantos añazos, es fácil no coincidir con una misma y también que muchos amigos del alma ya no estén, por una u otra razón. Pero de lo que quiero hablar es de como nos enfrentamos a nuestras penas personales, mas o menos gordas, en los momentos actuales. Y lo voy a resumir de un modo un poco grueso: nos hacemos demasiado caso. Unas cuantas generaciones se han olvidado de que el dolor forma parte de nuestro yo tanto como la alegría, la belleza o o la bondad. La pena y la tristeza son la otra cara de la alegría de vivir y aunque no debe uno enfangarse en ellas, tampoco hay que negarlas ni es posible dejar de pasar esos  tragos. 
Y las penas personales son eso, personales, y por importantes que sean o nos parezcan, la pena de los de los demás puede ser enorme, monumental, inmensa, y parece desconsiderado poner la nuestra por encima de las suyas, especialmente en estos tiempos tan convulsos.
La alegría, el gozo de vivir, por el contrario, es para compartir, para disfrutarla en compañía y contagiarla y dejarse contagiar. Y hay que defenderla, como dice Miguel Hernández, como hay que defender todo lo que nos hace más humanos, la risa, el amor, la belleza y la sabiduría.
Así sea
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