domingo, 4 de abril de 2010

Una poesía para el próximo día 24 de abril

Dedicada a Charo, que me la envió por correo hace unos años:

Elogio de los libros

Por la descripción del paraíso, y la ceguera de Tobías y por el viaje
de Jonás alojado en el vientre de una ballena.
Por las aventuras de Ulises a través de un mar color de vino y por la
explicación de sus hazañas hasta que pudo regresar a Ítaca.
Por las enseñanzas de Virgilio acerca del tiempo que nos huye,
irremediable, y, cómo no, por las de Horacio, que nos animó a
disfrutar del momento que pasa y a llevar una vida retirada y
modesta.
Por los jardines y fuentes de los versos arábigos, porque evocan la
pérdida del inmenso desierto.
Por la flor del cerezo y la luna y el río, y por los pabellones y por las
batallas que cantan los poemas de los clásicos chinos.
Por el amor que ha abierto las murallas de todos los castillos de la
historia y por los trovadores que inventaron el modo de asaltarlas.
Por las coplas escritas a la muerte del padre, y las noches oscuras y la
senda escondida, y la hermosa locura que inventó Don Quijote.
Por el descenso a los infiernos donde habitan los monstruos y el
ascenso a los cielos donde viven los ángeles.
Por la busca del tiempo que creímos perdido en la patria feliz de la
infancia.
Por los cuentos de hadas y los cuentos de lobos, por su felicidad y
por su miedo.
Por los cantos oscuros de las tribus remotas, tan acordes al ritmo
con que suena la Tierra.
Por la tristeza y por el entusiasmo que se esconden detrás de las
líneas escritas por cualquier ser humano.
Por los mares del mundo: los del norte y sus sagas, los del sur y sus
islas; y los de la persecución de Moby Dick y los profundos del
Nautilus.
Por los héroes de leyenda y los seres reales porque son las dos caras
de la misma existencia.
Por las volteretas de todas las vanguardias y los sueños que inventan
con sus saltos festivos.
Y por todos los libros, incontables, que admiten recordar lo olvidado
y volver a lugares donde nunca estuvimos y vivir esas vidas que
jamás viviremos. Porque el mundo es un libro que nos lee y que
escribimos

Álvaro Valverde (2002)

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