sábado, 30 de enero de 2010

Libros, trabajo, trabajo y más trabajo y mi amiga P.

Hace mucho que no escribo, y mientras tanto he leído varios libros, uno de Lindsay Davis, Ver Delfos y morir, una novela policíaca del detective Falco, que además parodia los circuitos turísticos; otra la estoy leyendo aún, Rosas de piedra de Julio Llamazares, que se puede considerar una secuela de la lectura de Los pilares de la tierra, y también Leer Lolita en Teheran, de Azar Nafisi, una novela sobre la vida en Irán con el régimen de Jomeini, que muchos consideran poco interesante pero que finalmente a mi me ha gustado bastante.
Ahora, además de Rosas de piedra, estoy leyendo en inglés The New York trilogy  de Paul Auster y una antigua de Mankell, Los perros de Riga. Me olvidaba también de otra novela policíaca de una autora alemana,  Gisa Klönne, Aguas heladas, cuya trama me resultó muy envolvente y que sin embargo una vez terminada me pareció bastante inverosímil. Hay novelas así, difíciles de creer cuando cede la pasión que te hace leer sin tregua,  en este caso aunque su trama sea algo difícil de creer la obra tiene algunos aciertos, como la descripción de la dependencia de un niño que sufre acoso escolar de otro que le ayuda y se convierte en su tabla de salvación, o de como el sentido de culpa nos inunda a todos en nuestras relaciones familiares o con los amigos, especialmente si ya son mayores, a causa de lo absorbente que es nuestro trabajo.
No hay libro que no nos sirva para algo, en uno u otro sentido. Incluso los que no están del todo conseguidos, a veces consiguen agarrarte y sumergirte en su mundo no muy creíble. El de Lolita me ha permitido ver algunos clásicos de la literatura desde otra óptica y el de Lindsay Davis, además de su especial sentido del humor, me ha permitido disfrutar de la especial complicidad, amor y respeto que existe entre Falco y su esposa. Con Rosas de piedra aprendo cosas o las recuerdo, de historia de las catedrales y del país en general. Del de Mankell, a pesar de que estoy ya un poco cansada de Kurt Wallander, también me está proporcionando buenos momentos, cuando consigo leer, ya en la cama y bastante cansada.
Porque el año ha empezado con un montón de trabajo, no sé si porque cada vez somo menos (JL se fue a Presidencia, D. se ha cambiado a Informática) o porque nos puede la ambición de llevar a cabo cada vez más proyectos, muchos de ellos tan interesantes que es difícil aparcarlos. Ahora que parece que vamos a trabajar un poco más antes de jubilarnos, hay mucha gente muy enfadada, pero yo realmente no sé si lo estoy, el trabajo sólo me cansa cuando algo no sale bien.
Pero sí es verdad es que el trabajo no me deja tiempo para muchas otras cosas que quiero hacer, y entre ellas estar con los amigos, llamarlos o estar más al tanto de sus vidas. Ayer vino a vernos P., nuestra compañera jubilada, casada con un poeta que falleció en diciembre de 2008 y cuya actividad no decae a pesar de que ella dice que está mayor (una joven colaboradora la llamó "vampiro energético" y a ella le hacia mucha gracia).
Estuvimos con ella alrededor de una hora y nos contó que había pasado la Nochebuena sola sin que nos enteráramos sus amigos... No sé su hubiéramos podido evitarlo, a veces es difícil combinar todos los elementos, pero al menos si lo hubiéramos sabido podríamos haberla llamado, charlado con ella. Aunque su charla es interesante, también es verdad que es interminable, parece que para ella no importa el tiempo. Nos regaló a M. a mi la obra que ha editado la Consejería de Cultura de la Ciudad Autónoma de Melilla con las poesías de su marido, una obra muy hermosa, con fotos y manuscritos. De vuelta a casa en el tren venía leyendo sus poemas, algunos ya los conocía, y disfrutando del rostro inalterable de Jacinto, siempre el mismo desde que era un niño hasta la cercanía de su muerte y recordando que P. decía de él que era "Oro de ley". Ojalá alguien diga de mí algo semejante, aunque sea después de muerta.

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