miércoles, 11 de febrero de 2009

Allí donde el mar vive

Este fin de semana hemos estado en Málaga. A pesar del viento, no hacía nada de frío y la luz tenía la consabida consistencia de sueño. Y el mar tenía un color turquesa y azul profundo, con miles de gaviotas posadas en su superficie.
Hemos paseado, comido pescaíto y sobre todo hemos visto a la familia, adultos y niños, la hermosa legión de alevines rubios y morenos, cada uno recordando a sus padres como fotocopias. Y también los pocos mayores que quedan, la tía V., que mantiene su mirada atenta a pesar de los años y de que la cabeza a veces se le va un poco...
Al salir de nuevo hacia Madrid, de golpe me ha entrado una tristeza extraña, como de abandono del paraíso. Aunque sea cierto que los paraísos no existen o que los llevamos dentro. Pero ¡es tan hermosa esa luz sobre el mar, esa ciudad colgada de los montes!
Es probable que esa tristeza extemporánea tenga que ver con el cansancio o con la edad, pues siempre he disfrutado enormemente de los viajes y del regreso.
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