domingo, 7 de marzo de 2010

Dos libros bien distintos

Hace más o menos una semana terminé la novela Fin, de David Monteagudo, pero la verdad no me sentía impulsada a hablar de ella, tanto es así que si hablo hoy de ella es por hablar de otra, Sangre derramada, la segunda novela de Åsa Larsson traducida al español.
Si el argumento de la primera es difícil de creer, no lo es menos el de la segunda. Pero lo cierto es que la segunda te sumerge en ese mundo similar al de las películas de Bergman, con verdades ocultas y sentimientos vertiginosos cubiertos de la mas absoluta rutina burguesa.
La otra, no. Aunque Fin es una  novela de ciencia ficción, pero aparentemente más cercana,  he sido incapaz de creerme la historia que cuenta ni por un momento: sentimientos impostados, complejidades psicológicas inconsistentes, secretos del pasado sin el más mínimo interés. Con una trama de fenómenos paranormales no muy creíbles, ha sido de esas pocas obras que me ha costado terminar. Lo conseguí, pero no tengo mucho más que decir.
De Sangre derramada, en cambio me queda el regusto del verano sueco, de la dulzura de un clima extremo en este tiempo, la historia de la pastora Mildred que hace a ls mujeres sacudirse sus cadenas y se enfrenta así a todos los hombres de Kiruna, la historia de Rebecka y su dolor y su imposibilidad de amar, la de Lisa, la amante de los perros y la Anna Maria Mella, la policía llena de sentido común que también participa en la anterior novela de la autora. Y también la hermosa historia de la loba Patas blancas y de su lucha por la vida.
En la solapa he leído un comentario muy acertado, que la autora consigue mantener la intriga a pesar de meterse a fondo en el alma de los personajes, muchos de ellos atormentados y duros. No es solo eso, es que tira del lector mediante los sentimientos de los personajes. Quieres saber qué siente Nalle, el hijo discapacitado del policía retirado, qué siente Lisa, o su hija Mimmi. Sobre todo, cómo consigue vivir Rebecka después de haber matado para salvar a unas niñas (esto ocurre en Aurora Boreal ), si puede por fin volver a sentirse normalmente feliz.
Como ocurre siempre cuando acabas una buena novela, sientes un poco de pena, pero eso suele arreglarse teniendo otra preparada, y sobre todo esperando otra obra del autor y de su personaje. Hasta la próxima, Rebecka


viernes, 5 de marzo de 2010

For ever young


Yo era muy joven cuando llegué aquí. Ahora no puedo asegurarlo, pero es probable que exhibiera la petulancia de rigor entre la gente joven y esa injustificada y mentirosa suficiencia que a menudo ostentan éstos.
Además de joven, no tenía ni un céntimo y tampoco mucho tiempo, porque además de trabajar estudiaba INEF por las tardes. Para la institución en la que trabajo, la Biblioteca Nacional, yo era una persona peculiar, distinta de las bibliotecarias consuetudinarias, deportista, iconoclasta y de una pobreza manifiesta, no vergonzante.
De eso ha pasado ya 30 años y a la persona que era se han sumado muchas más ( no en vano doblo mi tamaño de entonces) y ahora he adquirido otros vicios estúpidos, como trabajar sin freno, creerme mayor o el vicio inmundo del optimismo.
Es curioso pero ahora sospecho que los únicos optimistas que quedamos, aparte de los algunos buenos políticos, somos la gente mayor; de hecho distingo en los jóvenes un pesimismo real o ficticio que casi me atrevería a llamar hormonal y que recuerdo también en mí y que me parece que yo, como los jóvenes hoy, consideraba como un rasgo de inteligencia suprema.
Recuerdo bastantes frases que se refieren a la juventud y los jóvenes, como buena aficionada a las citas. Mi padre citaba a George Bernard Shaw y decía que La juventud es una enfermedad que se cura con los años; mi querido profe burgalés de historia, don Jesús, decía que los jóvenes siempre terminarían teniendo la razón, porque los viejos morirían antes. Ambas frases tienen algo de amargo y negativo y acorde con mi optimismo tardío y generacional prefiero la frase de Pablo Picasso: Hace falta mucho tiempo para llegar a ser joven.
Pero hay algo raro en esto de ser joven y luego mayor y luego viejo y quizás la frase que mejor refleja este misterio es la que dice P. cuando se mira al espejo:  ¿Quién es ese gordo que se me ha comido?

domingo, 14 de febrero de 2010

Contra la facilidad

Gracias al aviso de M. he participado en un concurso de microrrelatos de sólo 160 palabras. Debido a lo aparentemente fácil que es escribir 160 caracteres, hay cientos de contribuciones, entre ellas cinco mías, viciada por el acicate de las pocas palabras.
Pero escribir Cuando se despertó, el dinosaurio todavía seguía allí, como hizo Monterroso, no es en absoluto fácil, sino que entraña una gran dificultad dar en tan pocas palabras tantas sugerencias de historias posibles y de sentido.
Estos microrrelatos, que todavía no se han premiado, empiezan obligatoriamente con la frase No quedaban libros..., que en principio debería resultar bastante sugerente, pero leyendo las contribuciones vemos que existe el inconsciente colectivo, porque son muchos los microrrelatos que aluden a un incendio, a una mudanza, a una separación de pareja o al insomnio, como uno de los míos.
Pero a partir de los 20 relatos, la brevedad no ayuda mucho a seguir leyendo, porque la supuesta facilidad no existe y muchos hemos repetido temas, palabras e incluso genialidades.
Escribir es muy difícil (más aún cuando te haces mayor, cuando las palabras se encasquillan y no salen), pero todos los autores en ciernes hemos pensado que total, para tan pocos caracteres, y nos hemos lanzado. Yo ya tengo mis antecedentes, cuando era peque participé en varios concursos (y gané alguno) que consistía en crear una historia para una fotografía. 
Sin ser especialmente creativa, la experiencia de escribir la tesis debería haberme curado de cualquier veleidad literaria, porque a veces resultaba desesperante la lucha por un estilo por lo menos comprensible y digno, hay capítulos de ésta y del libro basado en ella que fueron escritos tres o cuatro veces...
A pesar de las protestas de que el concurso está amañado indirectamente, debido a la influencia de las redes sociales, me imagino que todos los participantes, incluso aquellos que usan los tópicos más lamidos y las formas menos respetuosas, han puesto algo de ilusión en esas líneas. Aún así, creo que los organizadores no se han dado cuenta de que la facilidad les ha desbordado, no se me ocurre como se puede manejar ese inconmensurable mar de microrrelatos

sábado, 30 de enero de 2010

Libros, trabajo, trabajo y más trabajo y mi amiga P.

Hace mucho que no escribo, y mientras tanto he leído varios libros, uno de Lindsay Davis, Ver Delfos y morir, una novela policíaca del detective Falco, que además parodia los circuitos turísticos; otra la estoy leyendo aún, Rosas de piedra de Julio Llamazares, que se puede considerar una secuela de la lectura de Los pilares de la tierra, y también Leer Lolita en Teheran, de Azar Nafisi, una novela sobre la vida en Irán con el régimen de Jomeini, que muchos consideran poco interesante pero que finalmente a mi me ha gustado bastante.
Ahora, además de Rosas de piedra, estoy leyendo en inglés The New York trilogy  de Paul Auster y una antigua de Mankell, Los perros de Riga. Me olvidaba también de otra novela policíaca de una autora alemana,  Gisa Klönne, Aguas heladas, cuya trama me resultó muy envolvente y que sin embargo una vez terminada me pareció bastante inverosímil. Hay novelas así, difíciles de creer cuando cede la pasión que te hace leer sin tregua,  en este caso aunque su trama sea algo difícil de creer la obra tiene algunos aciertos, como la descripción de la dependencia de un niño que sufre acoso escolar de otro que le ayuda y se convierte en su tabla de salvación, o de como el sentido de culpa nos inunda a todos en nuestras relaciones familiares o con los amigos, especialmente si ya son mayores, a causa de lo absorbente que es nuestro trabajo.
No hay libro que no nos sirva para algo, en uno u otro sentido. Incluso los que no están del todo conseguidos, a veces consiguen agarrarte y sumergirte en su mundo no muy creíble. El de Lolita me ha permitido ver algunos clásicos de la literatura desde otra óptica y el de Lindsay Davis, además de su especial sentido del humor, me ha permitido disfrutar de la especial complicidad, amor y respeto que existe entre Falco y su esposa. Con Rosas de piedra aprendo cosas o las recuerdo, de historia de las catedrales y del país en general. Del de Mankell, a pesar de que estoy ya un poco cansada de Kurt Wallander, también me está proporcionando buenos momentos, cuando consigo leer, ya en la cama y bastante cansada.
Porque el año ha empezado con un montón de trabajo, no sé si porque cada vez somo menos (JL se fue a Presidencia, D. se ha cambiado a Informática) o porque nos puede la ambición de llevar a cabo cada vez más proyectos, muchos de ellos tan interesantes que es difícil aparcarlos. Ahora que parece que vamos a trabajar un poco más antes de jubilarnos, hay mucha gente muy enfadada, pero yo realmente no sé si lo estoy, el trabajo sólo me cansa cuando algo no sale bien.
Pero sí es verdad es que el trabajo no me deja tiempo para muchas otras cosas que quiero hacer, y entre ellas estar con los amigos, llamarlos o estar más al tanto de sus vidas. Ayer vino a vernos P., nuestra compañera jubilada, casada con un poeta que falleció en diciembre de 2008 y cuya actividad no decae a pesar de que ella dice que está mayor (una joven colaboradora la llamó "vampiro energético" y a ella le hacia mucha gracia).
Estuvimos con ella alrededor de una hora y nos contó que había pasado la Nochebuena sola sin que nos enteráramos sus amigos... No sé su hubiéramos podido evitarlo, a veces es difícil combinar todos los elementos, pero al menos si lo hubiéramos sabido podríamos haberla llamado, charlado con ella. Aunque su charla es interesante, también es verdad que es interminable, parece que para ella no importa el tiempo. Nos regaló a M. a mi la obra que ha editado la Consejería de Cultura de la Ciudad Autónoma de Melilla con las poesías de su marido, una obra muy hermosa, con fotos y manuscritos. De vuelta a casa en el tren venía leyendo sus poemas, algunos ya los conocía, y disfrutando del rostro inalterable de Jacinto, siempre el mismo desde que era un niño hasta la cercanía de su muerte y recordando que P. decía de él que era "Oro de ley". Ojalá alguien diga de mí algo semejante, aunque sea después de muerta.