Empecé este blog el 1 de mayo de 2007 y en ese año escribí 78 posts. El año siguiente, año en el que llevamos a cabo una migración del catálogo de la BNE, escribí muchos menos en los 12 meses completos, 44. En 2009 fueron 24, 29 en 2010. El año pasado sólo escribí 18 y este llevo 19.
Con ligeros repuntes, pero en realidad esto es una caída en toda regla. Analizar por qué se ha producido no sirve para mucho, si no es para jugar con las palabras y las razones, quizás los únicos juegos relativamente inocentes que nos quedan.
¿Por qué se ha producido esta sequía que va camino de pertinaz? En primer lugar, por disminución de las lecturas que no son profesionales, ahora leo bastante menos que en el año 2007, y no hay que olvidar que una de las motivaciones de este blog son los libros leídos.
Otro motivo es el aumento de la responsabilidad en la BNE, que deja menor margen a la opinión libérrima y anárquica y parece poner una lente distorsionadora y deformante a estas humildes opiniones.
Estas dos razones se unen y son consecuencia y causa de una tercera, la absoluta falta de tiempo para otra cosa que no sea trabajar y dormir. Esta es una realidad que no me gusta, pero que no sé como cambiar.
Para no seguir poniéndome dramática quiero hablaros de dos libros que me ha prestado M., que no tiene tampoco demasiado tiempo, pero que a veces lo encuentra. De ninguno de ellos había oído lo más mínimo, uno ya lo he acabado y el otro, aún no.
El primero es Nos compramos un zoo, de Benjamín Mee y cuenta una historia real de un periodista dedicado a los artículos de bricolaje que decide empeñar el dinero de toda su familia en la compra de un zoo en ruinas. Es una historia curiosa que pone el acento en las cuestiones prácticas, haciéndonos ver que en cualquier sueño hay una dimensión de gestión de recursos que es tan interesante como el sueño en si. Además, este zoo pretende ser una institución conservacionista que se emplea a fondo con las especies en peligro de desaparición. El autor nos narra el año previo a su reapertura al público y los primeros días abierto al público, incluyendo varias escapadas (el tigre, creo y un lobo..) y una sesión de dentista de grandes animales.
El que tengo a medias es El insólito peregrinaje de Harold Fry, de Rachel Joyce y de momento sólo puedo decir que la historia del jubilado que se echa a andar como un suerte de ensalmo para salvar a una vieja amiga enferma de cáncer despierta en mi cierta conmiseración y bastante angustia, pues la improvisación con la que emprende el viaje parece casi suicida. Pero M. dice que el final es sorprendente y además la historia en sí parece una metáfora de nuestras vidas anodinas, de lo prescindible de éstas, de la tristeza de las relaciones deterioradas...
En fin, como dije más arriba con el poemilla Lloviembre, aunque los mayas no tengan razón, si que parece que la tristeza y silencio van ganando la partida. Seguro que la forma de vencerlos es la canción tan utilizada últimamente, Resistiré... O si no, como dice Benedetti, Defender la alegría:
Defender la alegría como una trinchera
defenderla del escándalo y la rutina
de la miseria y los miserables
de las ausencias transitorias
y las definitivas
defender la alegría como un principio
defenderla del pasmo y las pesadillas
de los neutrales y de los neutrones
de las dulces infamias
y los graves diagnósticos
defender la alegría como una bandera
defenderla del rayo y la melancolía
de los ingenuos y de los canallas
de la retórica y los paros cardiacos
de las endemias y las academias
defender la alegría como un destino
defenderla del fuego y de los bomberos
de los suicidas y los homicidas
de las vacaciones y del agobio
de la obligación de estar alegres
defender la alegría como una certeza
defenderla del óxido y la roña
de la famosa pátina del tiempo
del relente y del oportunismo
de los proxenetas de la risa
defender la alegría como un derecho
defenderla de dios y del invierno
de las mayúsculas y de la muerte
de los apellidos y las lástimas
del azar
y también de la alegría